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Capitulo 15

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:39
guardado en

Therinsford
Amaneció gris y nublado, y el viento era cortante. Sin embargo, el bosque estaba en silencio. Tras un ligero desayuno, Brom y Eragon apagaron el fuego y cargaron sus cosas, preparados para marcharse. Eragon colgó el arco y el carcaj de un lado de la mochila, de donde le sería fácil cogerlos.
Saphira tenía puesta la silla y debía llevarla hasta que consiguieran caballos. Eragon le sujetó también a Zar'roc al lomo porque él no quería llevar excesivo peso. Además, en sus manos, la espada no le serviría de mucho más que un garrote.
En el claro del zarzal, Eragon se sentía a salvo, pero fuera de ese lugar avanzaba con cautela. Saphira despegó y sobrevoló en círculos. El bosque se iba haciendo menos espeso conforme regresaban a la granja.
«Volveré a ver este lugar -intentó convencerse mientras miraba la casa destruida-. No es posible que me vaya a un exilio permanente. Algún día, cuando esté a salvo, volveré...»
Echando los hombros hacia atrás, miró hacia el sur, hacia donde se extendían territorios bárbaros y desconocidos.
Mientras caminaban, Saphira viró al oeste, en dirección a las montañas, y se perdió de vista. Eragon se sintió incómodo al verla alejarse. Ni siquiera ahora que no había nadie podían estar juntos, pues la dragona debía mantenerse oculta por si se encontraban con algún otro viajero.
Las huellas de los ra'zac apenas se veían sobre la nieve, pero a Eragon eso no le preocupaba. Era poco probable que hubieran abandonado el camino, que era la forma más fácil de salir del valle para internarse en la espesura. Sin embargo, una vez fuera del valle, el camino se dividía en varios senderos, lo que les dificultaría saber cuál de ellos habían tomado los forasteros.
Caminaban en silencio, concentrados en la marcha. Las piernas de Eragon aún sangraban en los puntos en que se cuarteaban las costras, de modo que el muchacho empezó a hablar con Brom para olvidar ese malestar.
-¿Qué pueden hacer exactamente los dragones? -preguntó-. Me dijiste que conocías algunas de sus aptitudes.
Brom rió. El anillo de zafiro centelleaba mientras el anciano movía las manos.
-Desgraciadamente, sé muy poco comparado con lo que me gustaría saber. Hace siglos que la gente trata de responder a tu pregunta, así que ten en cuenta que lo que voy a responderte es, necesariamente, incompleto. Los dragones siempre han tenido un áurea de misterio, aunque quizá no lo hagan a propósito.
»Antes de que pueda responder con certeza a tu pregunta, necesitas unos conocimientos básicos sobre estos animales, porque resulta desconcertante empezar a tratar a medias un tema tan complejo, sin comprender las bases en las que se apoya. Así pues, comenzaré por el ciclo vital de un dragón y, si no te cansa, seguiré con otro tema.
Brom empezó por explicar cómo se apareaban los dragones y lo que hacía falta para que se incubara el huevo.
-Verás: cuando una dragona pone un huevo, el polluelo que hay dentro ya está listo para salir del cascarón. Pero espera, a veces durante años, a que se den las circunstancias adecuadas. Cuando los dragones vivían en libertad, a menudo la disponibilidad de comida era lo que dictaba esas circunstancias. Sin embargo, desde que establecieron la alianza con los elfos, cada año les entregaban a los Jinetes cierta cantidad de huevos, por lo general, no más de uno o dos de ellos. Esos huevos, o mejor dicho los polluelos que estaban en su interior, no salían del cascarón hasta que una persona destinada a ser un Jinete se acercaba a ellos, pero no se sabe cómo lo percibían. La gente solía hacer cola para tocar los huevos, esperando ser la elegida.
-¿Quieres decir que, tal vez por mi culpa, Saphira podría no haber salido del cascarón? -preguntó Eragon.
-Si no le hubieras gustado, es muy posible.
El muchacho se sintió muy halagado de que lo hubiera elegido a él de entre toda la gente de Alagaësía, y le hubiera gustado saber cuánto tiempo hacía que la dragona esperaba, aunque sintió un escalofrío al imaginarse a sí mismo encerrado en un huevo, rodeado de oscuridad.
Brom continuó su disertación. Le explicó qué y cuándo comían los dragones: un dragón, completamente adulto y sedentario, podía pasar meses sin tomar alimento, pero en la temporada de apareamiento tenían que comer todas las semanas. También le dijo que algunas plantas los curaban, mientras que otras les hacían daño, y que había varias maneras de cuidarles las garras y de limpiarles las escamas.
Asimismo, le explicó las técnicas para defenderse del ataque de un dragón y qué hacer si uno combatía contra alguno de ellos, ya fuera a pie, a caballo o montado en otro dragón. Se debía tener en cuenta que llevaban la barriga protegida, pero las axilas no. Eragon lo interrumpía constantemente para hacerle preguntas, y Brom parecía complacido. Pasaron las horas sin que lo notaran mientras conversaban.
A última hora de la tarde llegaron cerca de Therinsford. Al caer la noche, y mientras buscaban un lugar para acampar, Eragon preguntó:
-¿A qué Jinete perteneció Zar'roc?
-A un poderoso guerrero -respondió Brom-, muy fuerte y temido en su época.
-¿Cómo se llamaba?
-No te diré su nombre. -Eragon protestó, pero Brom se mantuvo firme-. No es que quiera mantenerte en la ignorancia, ni mucho menos, pero por ahora saber ciertos detalles sólo sería peligroso y te distraería. No hay razón para que te preocupes de algunas cosas hasta que tengas el tiempo y el poder suficientes para enfrentarte a ellas. Sólo deseo protegerte de aquellos que te usarían para el mal.
Eragon lo miró con ferocidad.
-¿Sabes una cosa? Creo que te gusta hablar dando rodeos. Pues estoy pensando en dejarte, para que no me fastidies más con todo eso. Si quieres decir algo, dilo de una vez en lugar de estar dando vueltas con frases vagas.
-Haya paz. Todo se dirá en su momento -dijo Brom en voz baja.
Eragon refunfuñó, poco convencido.
Finalmente, encontraron un lugar cómodo para pasar la noche y montaron el campamento. Saphira se unió a ellos cuando la comida estaba en el fuego.
¿Has tenido tiempo para cazar?-le preguntó Eragon.
Si hubierais ido un poco más despacio, habría tenido tiempo de hacer un viaje de ida y vuelta cruzando el mar, y no me habría quedado atrás -resopló la dragona, divertida.
No tienes por qué ser ofensiva. Además, cuando tengamos caballos iremos más rápido.
Quizá -replicó lanzando una bocanada de humo-, pero ¿podremos atrapar a los ra'zac? Nos llevan varios días y muchas leguas de ventaja. Y me temo que sospechan que los seguimos. ¿Por qué iban a destruir la granja de esa manera tan espectacular si no querían provocarte para que los persiguieras?
No lo sé -respondió Eragon, confuso.
Saphira se echó al lado del muchacho, y él se apoyó en la barriga de la dragona acogiendo el calorcillo que le daba. Brom se sentó al otro lado del fuego y se puso a sacar punta a dos palos largos. De repente, le lanzó uno de ellos a Eragon por encima de las llamas que crepitaban, y el chico lo cogió por reflejo mientras el palo giraba.
-¡Defiéndete! -le espetó Brom poniéndose de pie.
Eragon miró el palo que tenía en la mano y vio que tenía la forma de una tosca espada. ¿Brom quería pelear con él? ¿Acaso creía el anciano que tenía alguna posibilidad de ganar? «Si el viejo quiere jugar, que así sea, pero si cree que me va a ganar, menuda sorpresa se llevará.»
Se levantó mientras Brom daba vueltas alrededor del luego. Durante un instante se quedaron frente a frente, hasta que Brom cargó blandiendo su palo. Eragon trató de detener el ataque, pero fue demasiado lento, y dio un grito en el momento en que Brom le asestaba un golpe en las costillas que lo hizo retroceder a trompicones.
Eragon, sin pensarlo, arremetió, pero Brom esquivó sin dificultad el golpe. A continuación el chico lanzó una estocada con el palo hacia la cabeza de Brom, que la desvió en el último momento, y luego intentó golpearle el costado. El chasquido de las maderas que chocaban entre sí resonó en el campamento.
-Improvisación... ¡Muy bien! -exclamó Brom brillándole los ojos.
El brazo del anciano trazó una imprecisa filigrana que concluyó con una explosión de dolor en la sien de Eragon, que se desplomó, aturdido, como un saco vacío.
Una salpicadura de agua fría lo despejó, y se incorporó muerto de rabia. Le zumbaba la cabeza y tenía sangre seca en la cara. Brom se inclinó hacia él sosteniendo un cazo de nieve derretida.
-No tenías por qué hacer algo así -dijo Eragon, enfadado, y se puso de pie.
Estaba mareado y aturdido.
-¿Ah, no? -exclamó Brom con gesto de sorpresa-. Un enemigo auténtico no te dará golpecitos, y yo tampoco. ¿Quieres que te consienta tu... incompetencia para que estés contento? No me parece buena idea. -Recogió el palo que Eragon había tirado y se lo tendió-. Y ahora... ¡defiéndete!
Eragon, incrédulo, miró el palo y negó con la cabeza.
-Olvídalo; ya he tenido suficiente.
Se dio la vuelta, pero trastabilló cuando le dieron un garrotazo en la espalda. Eragon se volvió chillando.
-Jamás des la espalda a un enemigo -le soltó Brom, que le lanzó el palo y atacó, mientras Eragon retrocedía hasta el fuego ante la arremetida-. Estira los brazos y mantén las rodillas flexionadas -gritaba Brom.
Continuó dando instrucciones, aunque se detuvo para enseñarle cómo ejecutar exactamente determinado movimiento.
-Hazlo de nuevo, pero esta vez despacio.
Repitieron los gestos con movimientos exagerados antes de reemprender la furiosa batalla. Eragon aprendía rápido, pero por mucho que lo intentaba, no podía rechazar más que unos pocos golpes de Brom.
Cuando acabaron, Eragon se tumbó sobre las mantas quejándose. Le dolía todo; Brom no había sido muy benévolo con su palo. Saphira dejó escapar un gruñido prolongado y entrecortado e hizo una mueca con la boca que dejó a la vista una impresionante hilera de dientes.
¿Qué te pasa? -le preguntó Eragon, irritado.
Nada -respondió ella-, me divierte ver a un mozuelo como tú derrotado por un viejo.
Y volvió a hacer el mismo ruido. Eragon se puso colorado al ver que se reía de él y, tratando de conservar cierta dignidad, se puso de lado y se durmió.
Al día siguiente incluso se sentía peor. Tenía los brazos cubiertos de moretones y casi no podía moverse del dolor. Brom levantó la mirada de la papilla de harina que preparaba, y sonrió.
-¿Cómo te sientes?
Eragon soltó un gruñido y devoró el desayuno.
Ya en el camino, apretaron el paso para llegar a Therinsford antes del mediodía. Al cabo de unos cinco kilómetros el camino se ensanchaba, y vieron humo a lo lejos.
-Será mejor que le digas a la dragona que se adelante volando y nos espere al otro lado de Therinsford -dijo Brom-. Ahí debe tener cuidado, pues de lo contrario la gente la verá.
-¿Por qué no se lo dices tú? -lo desafió Eragon.
-Es de mala educación interferir con el dragón de otro.
-En Carvahall no pareció importarte.
-Hice lo que tenía que hacer -respondió Brom con un amago de sonrisa.
Eragon lo miró con recelo, pero le dio las instrucciones a Saphira.
Tened cuidado -advirtió la dragona-, los siervos del Imperio pueden ocultarse en cualquier parte.
A medida que los surcos del camino se hacían más profundos, Eragon distinguió más huellas; las granjas indicaban que se acercaban a Therinsford, que era un pueblo más grande que Carvahall, pero que había crecido de manera caótica y cuyas casas se alzaban sin ningún orden.
-¡Menudo caos! -opinó Eragon que no veía el molino de Dempton.
«Seguramente Baldor y Albriech ya habrán venido a buscar a Roran», se dijo. De todas formas, no deseaba encontrarse con su primo.
-Es feo, nada más -coincidió Brom.
Entre ellos y el pueblo fluía el río Anora sobre el que había un sólido puente que lo cruzaba. Al acercarse, un hombre de aspecto sucio salió de detrás de un arbusto y les bloqueó el camino. Como llevaba una camisa demasiado corta, le sobresalía la barriga roñosa por encima de un cinto de cuerda. Tenía los labios partidos, y por ellos asomaban los dientes que se desmoronaban como lápidas.
-No os podéis detener aquí. Es mi puente, y tenéis que pagar.
-¿Cuánto? -preguntó Brom con voz de resignación.
Acto seguido sacó una bolsa, y los ojos del guardián del puente se iluminaron.
-Cinco coronas -respondió el hombre lanzando una amplia sonrisa.
Eragon se indignó ante lo exorbitante del precio y empezó a protestar, enfadado. Pero Brom lo hizo callar con una rápida mirada y le dio las monedas al hombre sin decir palabra.
-... Muchas gracias -dijo el hombre en tono burlón mientras guardaba las monedas en una bolsa que le colgaba del cinto y se apartaba.
Brom dio un paso al frente, tropezó y se cogió al guardián del puente para sostenerse.
-Mira por dónde pisas -le espetó el mugriento individuo apartándose a un lado.
-Lo siento -dijo Brom, y siguió cruzando el puente junto a Eragon.
-¿Por qué no has regateado? ¡Te ha robado vilmente! -exclamó Eragon cuando se alejaron lo suficiente del hombre-. Lo más seguro es que no sea el dueño del puente, podríamos haberle dado un empujón y pasar tranquilamente.
-Es muy probable -coincidió Brom.
-Entonces ¿por qué le has pagado?
-Porque no se puede discutir con todos los tontos del mundo. Es más fácil dejar que se salgan con la suya y después engañarlos cuando no se lo esperan.
Brom abrió una mano, y un puñado de monedas brilló en la palma.
-¿Le has cortado la bolsa? -preguntó, incrédulo.
Brom se guardó el dinero y le guiñó un ojo.
-¡Y tenía una buena cantidad! Debería tener más cuidado y no guardar tantas monedas en un único lugar. -De pronto, escucharon un grito de angustia en la otra orilla-. Diría que nuestro amigo acaba de darse cuenta. Si ves algún guardia, avísame. -Cogió por el hombro a un chiquillo que corría entre las casas y le preguntó-: ¿Sabes dónde podemos comprar caballos? -El niño los miró dándose importancia y señaló un establo en las afueras de Therinsford-. Gracias -le dijo Brom, y le lanzó una moneda pequeña.
Las puertas dobles del establo estaban abiertas y dejaban a la vista dos hileras de caballerizas. La pared del otro extremo estaba cubierta de sillas de montar, arneses y otros arreos, y al fondo había un hombre de brazos musculosos, cepillando con fuerza un semental blanco, que les indicó con la mano que pasaran.
-¡Qué hermoso animal! -dijo Brom mientras se acercaban.
-Así es. Se llama Nieve de Fuego, y yo, Haberth -dijo el hombre tendiéndoles una recia mano y estrechándoles con fuerza las suyas, mientras esperaba educadamente que ellos se presentaran-. ¿Qué deseáis? -preguntó tras escuchar sus nombres.
-Necesitamos dos caballos y arreos completos para ambos -respondió Brom-. Queremos que sean rápidos y resistentes para un largo viaje.
Haberth se quedó pensando un momento.
-No tengo muchos animales de ese tipo y los que poseo no son baratos.
El semental se movió, nervioso, pero se calmó tras algunas caricias del dueño.
-El precio no ha de ser un problema. Me llevaré los mejores que tengáis -dijo Brom.
Haberth asintió en silencio y llevó al semental a una caballeriza. Luego se acercó a la pared y empezó a descolgar unas sillas y otros arreos. Al cabo de un rato había preparado dos montones idénticos. Después se dirigió a las caballerizas y sacó dos caballos: uno era un zaino claro y el otro un ruano. El zaino tironeaba de la cuerda.
-Éste es un poco arisco, pero con mano firme no tendréis dificultades con él -dijo Haberth mientras le daba la cuerda a Brom.
Brom dejó que el caballo le olfateara la mano, y el animal le permitió que le acariciara el cuello.
-Nos lo llevamos -dijo Brom mientras echaba una mirada al otro-. En cuanto al ruano, no estoy muy seguro.
-Tiene buenas patas.
-Mmm... ¿Cuánto pedís por Nieve de Fuego?
Haberth miró al semental con cariño.
-Preferiría no venderlo; es el mejor caballo que he criado... Y espero obtener una buena descendencia de él.
-Pero si estuvierais dispuesto a separaros de él, ¿cuánto me costaría cubrir esas expectativas? -preguntó Brom.
Eragon trató de acariciar al zaino como había hecho Brom, pero el animal se apartó. Inconscientemente, el muchacho se puso en contacto mental con el caballo para tranquilizarlo y se quedó atónito al ver que llegaba a la conciencia del animal. No era un contacto claro e intenso como con Saphira, pero podía comunicarse con el zaino hasta cierto punto. Probó a hacerle entender que era un amigo, y el caballo se calmó y lo miró con sus ojos de color castaño claro.
Haberth sumó con los dedos el precio de la compra.
-Doscientas coronas, ni un céntimo menos -dijo con una sonrisa, seguro de que nadie pagaría tanto.
Brom abrió su bolsa en silencio y contó el dinero.
-¿Alcanza con esto? -preguntó.
Hubo un prolongado silencio mientras Haberth miraba alternativamente a Nieve de Fuego y las monedas.
-Es vuestro -dijo al fin con un suspiro-, aunque lo hago a mi pesar.
-Lo trataré bien, como si fuera hijo de Gildintor, el corcel más espléndido de la leyenda -dijo Brom.
-Vuestras palabras me reconfortan -respondió Haberth inclinando ligeramente la cabeza. Los ayudó a ensillar los caballos y, una vez listos, se despidió diciendo-: Adiós. Por el bien de Nieve de Fuego, espero que ninguna desgracia caiga sobre vosotros.
-No temáis; lo cuidaré bien -le prometió Brom mientras se marchaban-. Toma -dijo tendiéndole las riendas de Nieve de Fuego a Eragon-, ve al otro lado de Therinsford y espérame allí.
-¿Por qué? -preguntó Eragon, pero Brom ya se alejaba.
Salió de Therinsford de mal humor con los dos caballos y se detuvo junto al camino. Observó el brumoso perfil del monte Utgard, que se alzaba como un monolito gigantesco al final del valle y cuya cumbre perforaba las nubes y se perdía de vista, elevándose sobre las montañas de menor altura que lo rodeaban. Su oscuro y tenebroso aspecto le produjo escalofríos a Eragon.
Brom regresó poco después e hizo señas a Eragon de que lo siguiera. Anduvieron hasta que Therinsford quedó oculto detrás de los árboles.
-Evidentemente, los ra'zac han pasado por este camino -afirmó Brom-. Parece ser que se detuvieron aquí para conseguir caballos, igual que nosotros, pues he encontrado a un hombre que los ha visto y, aunque muy asustado, me los ha descrito y me ha dicho que salieron de Therinsford al galope como demonios perseguidos por un santo.
-Por lo visto, causaron profunda impresión en los aldeanos.
-Sí, sin duda.
Eragon acarició los caballos.
-Cuando estábamos en el establo, me puse en contacto por casualidad con la mente del zaino. No sabía que fuera posible hacer algo así.
-Es raro que alguien tan joven como tú tenga esa aptitud -respondió Brom-. La mayoría de los Jinetes tienen que entrenarse durante años para lograr el poder suficiente para comunicarse con otra criatura que no sea su dragón. -Mostró una actitud seria mientras examinaba a Nieve de Fuego-. Sácalo todo de tu mochila -dijo al fin-, ponlo en las alforjas y después átale la mochila encima.
Eragon hizo lo que le pedía, mientras Brom montaba a Nieve de Fuego.
El muchacho miró indeciso al zaino: era tanto o más pequeño que Saphira, y por un momento se preguntó si podría aguantar su peso. Con un suspiro, subió con torpeza a la silla, pues sólo había montado caballos a pelo y para recorrer distancias cortas.
-¿No me lastimaré las piernas como cuando monté a Saphira? -le preguntó Eragon a Brom.
-¿Cómo estás ahora?
-Bastante bien, pero creo que un galope intenso provocará que se me abran otra vez las heridas.
-Iremos despacio -le prometió Brom.
El anciano dio a Eragon algunas indicaciones, y emprendieron la marcha a paso lento. Poco después el paisaje empezó a cambiar, a medida que los campos cultivados daban paso a las tierras vírgenes: una maraña de zarzas y de malas hierbas bordeaba el camino, junto con matas de rosas trepadoras que se pegaban a la ropa, mientras que unas elevadas rocas se inclinaban sobre el terreno, como testigos grises de la presencia de hombres y caballos. Se percibía una sensación desagradable en el ambiente, como de animosidad contra los intrusos.
En lo alto, y haciéndose más grande a cada paso, se asomaba el Utgard, que tenía unos escarpados precipicios surcados de cañones, cubiertos de nieve, y cuya roca de color negro absorbía la luz como una esponja y oscurecía la zona circundante. Entre el Utgard y la cordillera de montañas que formaban el lado oriental del valle de Palancar, había una profunda hendidura, que era el único modo práctico de salir del valle. El camino llevaba hacia allí.
Los cascos de los caballos repiqueteaban sobre la grava, y el camino se iba angostando hasta convertirse en una estrecha senda que bordeaba la base del Utgard. Eragon miró hacia la cumbre que se elevaba por encima de ellos, y se sorprendió al ver allí una puntiaguda torre. A pesar de que estaba derruida y descuidada seguía siendo un centinela sobre el valle.
-¿Qué es eso? -preguntó señalándola.
Brom ni siquiera la miró, sino que respondió con tristeza y amargura:
-Un puesto de avanzada de los Jinetes, uno de los que han perdurado desde su fundación. Ahí fue donde Vrael se refugió, y donde, por medio de la traición, Galbatorix lo encontró y lo derrotó. Pero cuando cayó Vrael, la zona quedó mancillada. El bastión se llamaba Edoc'sil, que quiere decir «Inconquistable», porque el monte es tan empinado que nadie podía llegar a la cima como no fuera volando. Tras la muerte de Vrael, el pueblo empezó a llamarlo Utgard, pero tiene también otro nombre: Ristvak'baen, o sea, «Lugar de la pena». Y así lo llamaban los últimos Jinetes antes de que el rey los asesinara.
Eragon miró el monte, sobrecogido. Era un vestigio tangible de la gloria de los Jinetes, empañada por el implacable paso del tiempo. Le sorprendió también verificar lo antiguos que eran los Jinetes y sintió que asumía un legado de tradición y heroísmo que se remontaba hasta tiempos ancestrales.
Viajaron durante horas alrededor del Utgard, que formaba una sólida pared a la derecha, cuando entraron en la hondonada que dividía la cadena de montañas. Eragon se levantó sobre los estribos, pues estaba impaciente por ver qué había fuera de Palancar, pero aún estaban demasiado lejos. Durante un trecho, avanzaron por un paso en pendiente que serpenteaba por la montaña y por el barranco y seguía el curso del río Anora. Más tarde, cuando ya el sol estaba muy bajo, ascendieron y vieron lo que había al otro lado de los árboles.
Eragon se quedó helado. En efecto, había montañas, pero debajo de ellos se extendía una llanura inmensa que se fundía con el cielo en el lejano horizonte. Se trataba de una planicie de un uniforme color canela, como el de la hierba marchita, sobre la que unas alargadas aunque tenues nubes, que los fuertes vientos hacían cambiar de forma, barrían el cielo.
En ese momento comprendió por qué Brom había insistido en proveerse de caballos. Habrían tardado semanas o meses en cubrir esa vasta distancia a pie. A lo lejos, vio a Saphira volar en círculos a suficiente altura para que la confundieran con un pájaro.
-Esperaremos a mañana para iniciar el descenso -dijo Brom-. Y como nos llevará casi todo el día, deberíamos acampar ahora.
-¿Cuánto se tarda en cruzar esta llanura? -preguntó Eragon, asombrado.
-De dos o tres días a dos semanas; depende de qué dirección tomemos. A excepción de las tribus nómadas que deambulan por esta parte de la planicie, está tan deshabitada como el desierto de Hadarac hacia el este. Por lo tanto, no vamos a encontrar muchos pueblos. No obstante, más al sur, las llanuras son menos áridas y están más pobladas.
Salieron del sendero y desmontaron a orillas del río Anora. Mientras desensillaban los caballos, Brom señaló al zaino.
-Tienes que ponerle un nombre.
Eragon lo pensó mientras ataba el caballo.
-Bueno, no se me ocurre nada tan noble como Nieve de Fuego, pero quizá éste servirá. -Apoyó la mano sobre el zaino y dijo-: A partir de ahora te llamarás Cadoc. Era el nombre de mi abuelo, así que llévalo con dignidad.
Brom estuvo de acuerdo, pero Eragon se sintió un poco tonto. Cuando Saphira aterrizó, el muchacho le hizo una pregunta:
¿Cómo son las llanuras?
Aburridas; sólo hay conejos y matorrales por todas partes.
Después de la cena, Brom se puso de pie.
-Cógelo -gritó.
Eragon apenas tuvo tiempo de levantar el brazo y atrapar el palo antes de que éste le golpeara en la cabeza. El chico dio un gemido porque adivinó que se trataba de otra espada improvisada.
-No, otra vez no -se quejó.
Brom sonreía y lo llamaba haciéndole señas con la mano, y Eragon se puso de pie a regañadientes. Giraron en medio de una confusión de chasquidos de madera, hasta que el muchacho se echó atrás con un brazo dolorido.
La sesión de entrenamiento duró menos que la primera, pero aun así fue lo suficientemente larga para que Eragon acumulara una nueva colección de moretones. Cuando acabó la práctica, tiró el palo, indignado, y se alejó del fuego para curarse las heridas.

Capitulo 14

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:38
guardado en

La silla de montar
Cuando Eragon se despertó, el recuerdo de la muerte de Garrow se apoderó de él. Se tapó la cabeza con las mantas y lloró en silencio en esa tibia oscuridad. Le gustaba estar allí, escondido del mundo exterior. Al cabo de un rato cesaron las lágrimas, y maldijo a Brom. Se secó las mejillas a regañadientes y se levantó.
Brom estaba preparando el desayuno.
-Buenos días -saludó.
Eragon respondió con un gruñido. Se metió los helados dedos en los sobacos y se quedó acurrucado junto al fuego hasta que el desayuno estuvo listo. Comieron deprisa tratando de acabárselo antes de que se enfriara. Cuando terminaron, Eragon limpió su cazo con nieve y después desplegó sobre el suelo las piezas de cuero que había robado.
-¿Qué vas a hacer con eso? -preguntó Brom-. No podemos llevarlo con nosotros.
-Voy a construir una silla para montar a Saphira. ¿Sabes qué aspecto tenían? -preguntó Eragon.
-Mmm. -Brom se acercó-. Bueno, los dragones solían tener dos clases de sillas. Una de ellas era rígida y moldeada, como las monturas de los caballos, pero hacen falta tiempo y herramientas para fabricarla, y no tenemos ninguna de las dos cosas. Y la otra clase de silla era delgada y ligeramente acolchada, que apenas suponía una ligera separación entre el Jinete y el dragón. Éstas eran las que se utilizaban cuando la flexibilidad y la velocidad eran importantes, aunque no eran tan cómodas como las otras. Pero sé algo más que todo eso: sé hacerlas.
-Entonces hazla, por favor -dijo Eragon, y se apartó.
-Muy bien, pero presta atención porque quizá algún día tendrás que fabricar una tú solo.
Con el permiso de Saphira, le midió el cuello y el pecho. Después cortó cinco franjas de cuero sobre las que dibujó unas doce formas distintas. Una vez las hubo recortado, cortó a su vez el resto de las pieles en largas tiras.
Brom utilizó estas tiras para coser las piezas entre sí, pero para cada puntada tenía que hacer dos agujeros en el cuero. Eragon lo ayudó en esa tarea. En lugar de hebillas, hicieron complejos nudos y dejaron las tiras con la longitud suficiente para que la silla le fuera bien a Saphira en los meses siguientes.
La parte principal de la silla constaba de tres secciones idénticas cosidas con un acolchado entre ellas. En la parte delantera, había un grueso nudo que se ajustaba perfectamente a una de las púas del cuello de Saphira, mientras que dos tiras anchas, cosidas a los dos lados de esa parte, hacían de cinchas y le pasaban por debajo de la barriga. A modo de estribos, había una serie de lazos a ambos lados que, una vez apretados, sujetarían las piernas de Eragon en su sitio. Una de las tiras largas serviría para que pasara entre las patas delanteras de la dragona, se dividiera en dos y llegara hasta la silla.
Mientras Brom trabajaba, Eragon reparó su mochila y organizó las provisiones. Pasaron el día haciendo esas tareas hasta que todo estuvo listo. Brom, cansado del trabajo, ensilló a Saphira y comprobó que las tiras estuvieran bien adaptadas. Hizo unos pequeños arreglos y quitó la silla, satisfecho.
-Buen trabajo -admitió Eragon de mala gana.
-Se hace lo que se puede. Te será útil; el cuero es bastante fuerte.
¿No vas a probarla? -preguntó Saphira.
Quizá mañana -respondió Eragon, y guardó la silla con sus mantas-, ahora es muy tarde.
En realidad no estaba muy ansioso por volver a volar, especialmente después del desastroso resultado de su último intento.
Prepararon deprisa la comida; sabía bien, aunque era muy sencilla. Mientras comían, Brom miró a Eragon por encima del fuego y le preguntó:
-¿Partimos mañana?
-No hay ninguna razón para que nos quedemos.
-Supongo que no... Eragon -cambió de tema-, debo disculparme por todo lo que ha pasado. No era mi intención que sucediera esto. Tu familia no se merecía semejante tragedia, y si yo pudiera hacer algo por deshacer lo ocurrido, lo haría. Ésta es una situación terrible para todos. -Eragon se quedó en silencio evitando la mirada de Brom, que añadió-: Vamos a necesitar caballos.
-Tal vez los necesites tú, yo tengo a Saphira.
-No hay caballo que pueda dejar atrás a un dragón que vuele, y Saphira es demasiado joven para llevarnos a los dos. Además, será más seguro que nos mantengamos juntos, y a caballo se va más deprisa que a pie.
-Pero eso hará más difícil que alcancemos a los ra'zac -protestó Eragon-. Montando a Saphira podría encontrarlos en un día o dos, pero si vamos a caballo tardaremos mucho más tiempo, si es que es posible tomarles la delantera sobre el terreno.
-Es un riesgo que tendrás que correr -dijo Brom despacio-, si quieres que te acompañe.
-De acuerdo -refunfuñó después de pensárselo-, conseguiremos caballos. Pero tendrás que comprarlos; yo no tengo dinero y no quiero volver a robar. No está bien.
-Eso depende de tu punto de vista -lo corrigió Brom con un amago de sonrisa-. Antes de lanzarte a esta aventura, recuerda que tus enemigos, los ra'zac, son los sirvientes del rey y estarán protegidos dondequiera que vayan. Las leyes no los detienen. Y en las ciudades tendrán acceso a muchos recursos y a servidores dispuestos a ayudarlos. Ten en cuenta también que, para Galbatorix, lo más importante es reclutarte o matarte, aunque todavía no sepa que existes. Cuanto más tiempo logres eludir a los ra'zac, más desesperado estará el rey porque sabrá que cada día que pase, serás más fuerte y tendrás más oportunidades de unirte a sus enemigos. Debes tener mucho cuidado, ya que es muy fácil que pases de cazador a presa. -Eragon, anonadado por estas contundentes palabras, se quedó pensativo mientras hacía girar una ramita entre los dedos-. Bueno, basta de charla -dijo Brom-. Es tarde y me duelen los huesos. Mañana seguiremos hablando.
Eragon asintió y echó más leña al fuego.

Capitulo 13

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:37
guardado en

La espada de un Jinete
Eragon se despertó lleno de angustia, y aunque mantenía los ojos cerrados, no podía contener las lágrimas que le brotaban de ellos. Intentó pensar en alguna idea o esperanza que lo mantuviera cuerdo.
-No puedo vivir con esta pena -gimió.
Entonces no lo hagas -le retumbaron las palabras de Saphira en la mente.
¿Cómo? ¡Garrow se ha ido para siempre! Y, con el tiempo, me enfrentaré al mismo destino: amor, familia, logros... todo se destroza, nada perdura. ¿Qué valor tiene lo que hacemos?
El valor está precisamente en hacerlo, pero el valor desaparece cuando uno abandona la voluntad de cambiar y de vivir la vida. Las alternativas están delante de ti: elige una y dedícate a ella. Las acciones te darán nuevas esperanzas y un sentido a tu vida.
Pero ¿qué puedo hacer?
Únicamente tu corazón te guiará de verdad, y sólo su supremo deseo puede ayudarte.
Saphira dejó que pensara en las palabras que acababa de decir. Eragon examinó sus emociones y se sorprendió al comprobar que, más que dolor, sentía una virulenta ira.
¿Qué quieres que haga...? ¿Perseguir a los forasteros?

La franca respuesta de la dragona lo dejó confundido. Respiró hondo, tembloroso,
¿Por qué?
¿Recuerdas lo que dijiste en las Vertebradas? ¿Te acuerdas de que me recordaste mi deber de dragona, y regresé contigo a pesar del impulso de mi instinto? Así pues, tú también debes aprender a dominarte. He pensado largo y tendido durante los últimos días y me he dado cuenta de lo que significa ser dragón y ser Jinete: nuestro destino es intentar lo imposible, llevar a cabo grandes hazañas a pesar del miedo. Es nuestra responsabilidad ante el futuro.
Me da igual lo que digas; no son razones válidas para marcharse -exclamó Eragon.
Entonces te daré otras: han visto mis huellas, y la gente está al tanto de mi presencia. Con el tiempo me descubrirán. Además, aquí no queda nada para ti: ni familia, ni granja, ni...
¡Roran no está muerto! -replicó el muchacho con vehemencia.
Pero si te quedas, tendrás que decirle la verdad acerca de lo sucedido. Tiene derecho a saber cómo y por qué murió su padre. ¿Y qué haría si se enterara de mi presencia?
Las razones de Saphira le daban vueltas en la cabeza, pero retrocedía ante la idea de abandonar el valle de Palancar porque era su hogar. Sin embargo, la idea de vengarse de los forasteros era de lo más consoladora.
¿Acaso soy lo suficientemente fuerte para vengarme?
Me tienes a mí.
Las dudas lo asediaban. Hacer algo así era una locura, un acto desesperado. El desprecio que sentía por su propia indecisión le dibujó una dura sonrisa en los labios. Saphira tenía razón: lo único que importaba era la acción en sí. Lo que cuenta es hacerlo. ¿Y qué iba a darle más satisfacción que perseguir a esos forasteros? Una fuerza y una energía terribles empezaron a crecer en el interior del muchacho donde se reunieron todas sus emociones y se fundieron en una sólida barra de ira con una única palabra grabada en ella: venganza. Parecía que la cabeza le iba a explotar cuando dijo con convicción:
Lo haré.
Cortó el contacto con Saphira mientras se levantaba de la cama con la sensación de que un manantial le surgía del cuerpo. Aún era muy temprano; Eragon había dormido pocas horas.
«No hay nada más peligroso que un enemigo que no tiene nada que perder -pensó-, y en eso me convertiré.»
El día anterior había tenido dificultades para caminar erguido, pero ya se movía con seguridad, sostenido por su voluntad de hierro. Desafió el dolor que el cuerpo le transmitía y no le hizo caso.
Salió a hurtadillas de la casa y oyó el murmullo de dos personas que hablaban. Se detuvo con cautela y escuchó.
-...un lugar para estar -decía Elain con su característica voz suave-. Tenemos una habitación.
Horst le respondió en voz muy baja, como un rumor inaudible.
-Sí, pobre chico -contestó Elain.
Esta vez Eragon oyó la respuesta de Horst.
-Quizá... -Hubo un prolongado silencio-. He estado pensando en lo que nos dijo Eragon y no estoy seguro de que nos lo haya contado todo.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Elain con tono de preocupación.
-Cuando fuimos a la granja, el camino mostraba las marcas de la tabla con la que arrastró a Garrow, pero después llegamos a un punto donde la nieve estaba pisoteada y revuelta. Las huellas de Eragon y las de la madera se acababan allí, pero también vimos las mismas huellas gigantes que en la granja. ¿Y qué me dices de las piernas del chico? No me creo que no se haya dado cuenta de que se desollaba. Hasta el momento no he querido presionarlo con preguntas, pero creo que ahora lo haré.
-Quizá vio algo que lo asustó tanto que no quiera hablar de ello -sugirió Elain-. ¿Notaste lo alterado que estaba?
-Sí, pero eso no explica cómo se las arregló para traer a Garrow todo el camino hasta aquí sin dejar huellas.
«Saphira tenía razón -pensó Eragon-. Ha llegado la hora de partir. Demasiadas preguntas de demasiada gente. Tarde o temprano descubrirán las respuestas.»
Y cruzó la casa deteniéndose cada vez que crujía el suelo.
Las calles estaban vacías, pues había poca gente levantada a esa hora. Se detuvo durante un minuto y se concentró en sus pensamientos:
«No quiero un caballo. Saphira será mi corcel, pero necesita una silla. Ella puede cazar para los dos, así que no tengo que preocuparme por la comida... aunque será mejor que consiga un poco. Todo lo que necesite puedo encontrarlo bajo los escombros de mi casa.»
Se dirigió hacia la curtiduría de Gedric, en las afueras de Carvahall. El repugnante olor le dio asco, pero a pesar de todo, siguió hacia la barraca que había en la ladera de la colina donde se guardaban las pieles curtidas. Cortó tres largas tiras de cuero de buey de las que colgaban del techo. El robo lo hacía sentir culpable, pero...
«No es realmente un robo -razonó-, algún día se lo devolveré a Gedric y también le pagaré a Horst.»
Enrolló las gruesas tiras de cuero y las llevó a un bosquecillo, lejos del pueblo. Las metió entre las ramas de un árbol y volvió a Carvahall.
«Ahora la comida.»
Se dirigió a la taberna con intención de entrar, pero sonrió apretando los dientes y volvió sobre sus pasos. Si iba a robar comida, lo mejor sería que fuera la de Sloan. Entró a hurtadillas en la casa del carnicero. La puerta principal estaba cerrada con barrotes cuando Sloan no estaba, pero la lateral sólo tenía una delgada cadena, que rompió sin dificultad. El interior estaba a oscuras, de modo que se movió a tientas hasta que tocó unos trozos de carne apilados, envueltos en telas. Se metió todos los que pudo debajo de la camisa, regresó sin pérdida de tiempo a la calle y cerró furtivamente la puerta.
Una mujer que estaba cerca gritó su nombre. Eragon se aguantó los faldones de la camisa para que no se le cayera la carne, giró por una esquina y se agachó. Sintió un escalofrío al ver que Horst se acercaba entre dos casas a menos de tres metros de distancia.
Eragon echó a correr para perder a Horst de vista. Las piernas le ardían mientras se precipitaba por un callejón camino del bosquecillo. Se metió entre los troncos y se volvió para ver si lo seguían: no había nadie. Suspiró aliviado y alargó la mano hacia las ramas para coger las tiras de cuero. Pero no estaban.
-¿Vas a alguna parte?
Eragon se volvió de repente. Brom lo miraba enfadado, con el entrecejo fruncido. Tenía una herida profunda en una de las sienes y llevaba una espada corta, enfundada en una vaina de color marrón, que le colgaba del cinto. Sostenía las cintas de cuero en las manos.
Eragon, irritado, entrecerró los ojos. ¿Cómo se las había arreglado el viejo para pillarlo? Estaba todo tan tranquilo que el chico habría jurado que no había nadie.
-Devuélvemelas -le gritó.
-¿Para qué? ¿Es que quieres escaparte incluso antes de que entierren a Garrow?
La acusación era grave.
-¡No es asunto tuyo! -le soltó Eragon, encolerizado-. ¿Por qué me has seguido?
-No lo he hecho -gruñó Brom-. Te estaba esperando aquí. Y ahora ¿adónde vas?
-A ninguna parte.
Eragon arremetió para quitarle las tiras de cuero a Brom de las manos. El anciano no hizo nada para detenerlo.
-Espero que tengas bastante carne para alimentar a tu dragón.
Eragon se quedó inmóvil.
-¿De qué estás hablando?
-No me engañes -advirtió Brom cruzándose de brazos-. Sé de dónde sale esa marca que tienes en la mano; es la gedxvey ignasia, es decir, la palma brillante: has tocado a un dragón al salir del cascarón. También sé por qué viniste a verme con esas preguntas y sé que llegan de nuevo los Jinetes.
Eragon soltó las tiras de cuero y la carne.
Al fin ha sucedido... ¡Debo irme! No puedo correr más rápido que él con las piernas lastimadas, pero si... ¡Saphira! -llamó.
Durante unos segundos de agonía no hubo respuesta hasta que...
Sí.
¡Nos han descubierto! ¡Te necesito!
Le envió una imagen de donde se hallaba, y ella partió de inmediato. Solamente tenía que entretener un poco a Brom.
-¿Y cómo lo has descubierto? -le preguntó con voz apagada.
Brom miró a lo lejos y movió los labios en silencio, como si hablara con otra persona.
-Había signos y pistas por todas partes -dijo al fin-; sólo era necesario prestar atención. Cualquiera que tuviera los conocimientos apropiados habría hecho lo mismo. Dime, ¿cómo está tu dragón?
-Mi dragona -corrigió Eragon-. Bien. No estábamos en la granja cuando llegaron los forasteros.
-O sea que tus piernas... ¿Estabais volando?
«¿Cómo lo había descubierto Brom? ¿Y si los forasteros lo han obligado a hacer esto? Quizá quieran saber adonde vamos para tendernos una emboscada. Pero ¿dónde está Saphira?» La buscó mentalmente y vio que estaba sobrevolando el lugar. ¡Ven!
No, me quedaré vigilando un rato.
¿Por qué?
A causa de la masacre de Dorú Areaba.
¿Qué?
-He hablado con ella y ha accedido a quedarse ahí arriba hasta que zanjemos nuestras diferencias. -Brom se apoyó contra un árbol con un amago de sonrisa-. Como puedes ver, no tienes más alternativa que contestar a mis preguntas. Ahora explícame, ¿adónde vais?
Eragon, perplejo, se llevó la mano a la sien. «¿Cómo era posible que Brom hablara con Saphira?» Le latía la nuca y un montón de ideas se le agolpaban en la cabeza, pero siempre llegaba a la misma conclusión: tenía que decirle algo al anciano.
-A buscar un sitio seguro en el que permanecer mientras sanan mis heridas -le respondió.
-¿Y después?
No podía hacer caso omiso de la pregunta. Cada vez sentía más punzadas en la cabeza y le resultaba imposible pensar: ya no tenía nada claro. Lo único que quería hacer era contarle a alguien todo lo que había pasado durante los últimos meses porque le corroía la idea de que su secreto hubiera provocado la muerte de Garrow. Por fin se rindió y dijo con voz trémula:
-Voy a perseguir a los forasteros y a matarlos.
-Una tarea imponente para alguien tan joven -comentó Brom con toda naturalidad, como si Eragon le hubiera planteado que iba a hacer una cosa de lo más corriente-. Sin duda una proeza valiosa y, además, eres adecuado para llevarla a cabo, aunque me asombra que no quieras aceptar ayuda. -Alargó la mano hasta detrás de un arbusto, sacó un petate y añadió con seriedad-: De todos modos, no pienso quedarme con los brazos en jarras mientras un mozalbete va por ahí con un dragón.
¿Me está ofreciendo ayuda de verdad o es una trampa?
Eragon tenía miedo de lo que sus misteriosos enemigos pudieran hacer. «Pero Brom convenció a Saphira de que tuviera confianza en él y han hablado mentalmente. Si ella no está preocupada...» Decidió, momentáneamente, dejar sus sospechas de lado.
-No necesito ayuda -dijo Eragon, y añadió a regañadientes-: pero puedes venir.
-Entonces será mejor que nos vayamos -replicó el anciano-. Me parece que tu dragona está esperando que le hables otra vez.
Saphira -la llamó Eragon.
Dime.
El muchacho se aguantó las ganas de hacerle más preguntas.
¿Te reunirás con nosotros en la granja?
Sí. ¿De modo que habéis llegado a un acuerdo?
Me parece que sí.
La dragona interrumpió el contacto y se alejó volando. Eragon miró hacia Carvahall y vio gente que corría de una casa a otra.
-Creo que me están buscando.
-Seguramente. ¿Nos vamos?
-Me gustaría dejar un mensaje para Roran -dijo Eragon, dubitativo-. No me parece bien largarme sin decirle por qué.
-Ya me he ocupado de eso. He dejado una carta a Gertrude para él explicándole algunas cosas. También le advierto que ha de estar en guardia ante ciertos peligros. ¿Te parece adecuado?
Eragon asintió. Envolvió la carne en las pieles y echaron a andar. Tuvieron mucho cuidado de mantenerse fuera de la vista hasta que llegaron al camino, donde apretaron el paso, ansiosos por alejarse de Carvahall. El muchacho avanzaba con decisión a pesar de tener las piernas doloridas, y el ritmo mecánico de la caminata le liberaba la mente del torbellino de pensamientos.
«Cuando lleguemos a casa, no pienso seguir con Brom hasta que no responda a algunas preguntas -se dijo con firmeza-. Espero que pueda explicarme algo más sobre los Jinetes y sobre contra quién estoy luchando.»
Cuando vieron los restos de la granja destrozada, Brom enarcó las pobladas cejas con enfado y Eragon se quedó perplejo al ver lo rápido que la naturaleza se apoderaba de la granja: la nieve y el polvo cubrían lo que había sido el interior de la vivienda ocultando la violencia del ataque de los forasteros. Lo único que quedaba del granero era un rectángulo de hollín que se erosionaba deprisa.
Brom levantó de golpe la cabeza al oír el ruido de las alas de Saphira por encima de los árboles. La dragona pasó por detrás de ellos casi rozándoles la cabeza, y los dos se tambalearon a causa de la ráfaga de aire que los zarandeó. Las escamas de Saphira brillaron mientras viraba sobre las ruinas de la granja y aterrizaba con elegancia.
Brom dio un paso al frente con expresión solemne y dichosa a la vez. Le relucían los ojos, y una lágrima se le deslizó por la mejilla antes de desaparecer en la barba. El anciano se quedó allí un buen rato respirando agitado mientras contemplaba a Saphira; ésta le devolvió la mirada. Eragon oyó que Brom murmuraba algo y se acercó para escuchar.
-Así que... empieza otra vez. Pero ¿cómo y dónde acabará? Mis ojos están velados, y no sé si esto es una tragedia o una farsa porque ambos elementos están presentes... Como quiera que sea, mi puesto sigue siendo el mismo, y yo...
Cualquier otra cosa que hubiera añadido se desvaneció mientras Saphira se acercaba orgullosa. Eragon pasó junto a Brom, haciendo ver que no lo había oído, y la saludó, aunque algo había cambiado entre ellos: era como si ahora se conocieran más íntimamente, pero siguieran siendo extraños. El muchacho le acarició el cuello y sintió un cosquilleo en la palma cuando las mentes de ambos se pusieron en contacto. La dragona emitía una fuerte curiosidad.
No he visto a otros humanos, sólo a ti, y a Garrow, y él tenía heridas muy graves -le dijo.
Has visto personas a través de mis ojos.
No es lo mismo. -Se acercó un poco más y giró la enorme cabeza para poder inspeccionar a Brom con un gran ojo azul-. Sois unas criaturas muy extrañas -dijo, con asomo de crítica, y continuó observándolo.
Brom se quedó inmóvil mientras la dragona olisqueaba el aire, y a continuación el anciano estiró la mano hacia Saphira, que bajó la cabeza despacio y dejó que la tocara en la frente, pero de pronto resopló, se echó hacia atrás y se escondió detrás de Eragon dando coletazos.
¿Qué pasa?-le preguntó el muchacho.
Pero no obtuvo respuesta.
-¿Cómo se llama? -preguntó Brom en voz baja volviéndose hacia él.
-Saphira. -Una rara expresión se dibujó en la cara de Brom, que apretó el extremo de su bastón con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. De todos los nombres que me sugeriste, fue el único que le gustó. Y creo que le va bien -añadió Eragon rápidamente.
-Sí, le va bien.
Había un tono en la voz de Brom que Eragon no lograba identificar: ¿sorpresa, emoción, miedo, envidia? No estaba seguro, y a lo mejor no era nada de eso.
Brom levantó la voz y dijo:
-Salud, Saphira, encantado de conocerte.
Torció la mano de manera extraña e hizo una reverencia.
Me cae bien -dijo Saphira en voz baja.
Claro, a todo el mundo le gusta que lo alaben.
Eragon le tocó los hombros a la dragona y se dirigió a la casa en ruinas. Saphira lo siguió junto con Brom, que estaba exultante y lleno de vida.
Eragon trepó hacia la casa y se arrastró por debajo de una puerta hasta lo que quedaba de su habitación, que apenas la reconoció bajo los montones de madera destrozada. Guiándose por la memoria, buscó dónde había estado el tabique y encontró su mochila vacía. Parte del armazón estaba roto, pero tenía fácil arreglo. Siguió rebuscando y, al cabo de un rato, dio con la punta de su arco, que aún estaba en su funda de gamuza. Aunque ésta tenía marcas y raspones, se alegró al ver que la lubricada madera estaba intacta. «Por fin un poco de suerte», se dijo. Tensó el arco y tiró de la cuerda para probarlo. El arma se arqueó con suavidad, sin ningún chasquido ni crujido. Satisfecho, Eragon buscó el carcaj, que encontró enterrado allí cerca, aunque muchas flechas estaban rotas.
El chico quitó la cuerda del arco y se lo dio a Brom junto con el carcaj.
-Hace falta un brazo fuerte para tensar esto -le dijo el anciano.
Eragon aceptó el cumplido en silencio y continuó buscando en la casa otros objetos útiles y los dejó todos junto a Brom; no había gran cosa.
-¿Y ahora qué? -preguntó Brom con una mirada aguda e inquisitiva.
Eragon apartó la vista.
-Buscaremos un lugar para escondernos.
-¿Tienes algo pensado?
-Sí. -Envolvió todo en un fardo bien atado, salvo el arco, y se lo colgó al hombro-. Por ahí -dijo señalando al bosque.
Saphira, tú nos seguirás volando. Tus huellas son muy fáciles de identificar y de seguir.
De acuerdo.
Y partió detrás de ellos.
El lugar adonde iban estaba cerca, pero Eragon dio un rodeo para despistar a posibles perseguidores. Pasó más de una hora antes de que llegaran a un zarzal bien escondido.
El irregular claro que había en el centro de aquel sitio era apenas lo suficientemente grande para hacer un fuego y para que cupieran dos personas y un dragón. Unas ardillas rojas correteaban por entre los árboles protestando por la intrusión. Brom consiguió soltarse de una enredadera y miró a su alrededor con interés.
-¿Alguien más conoce este lugar? -preguntó.
-No, lo descubrí cuando nos mudamos aquí. Tardé una semana en abrirme paso hasta el centro y otra semana en sacar las ramas secas.
Saphira aterrizó junto a ellos y, al plegar las alas, procuró evitar las espinas. A continuación se tumbó en el suelo, aplastando las ramitas con sus recias escamas, y apoyó la cabeza en la tierra. Los impenetrables ojos de la dragona seguían de cerca a los dos hombres.
Brom se apoyó en su bastón y se la quedó mirando atentamente. Sin embargo, esa forma de observarla puso nervioso a Eragon, que a su vez se quedó contemplándolos hasta que el hambre lo obligó a ponerse en movimiento. Entonces hizo fuego, llenó una cacerola con nieve y la puso sobre las llamas para que se derritiera. Cuando empezó a hervir, echó unos trozos de carne y un puñado de sal en el agua.
«No es una gran comida -pensó malhumorado-, pero saciará nuestra hambre. Como seguramente tendré que comer esto mismo durante una temporada será mejor que me acostumbre.»
El estofado se cocía a fuego lento y llenaba el claro de un rico aroma. Saphira sacó la punta de la lengua y probó el sabor que había en el ambiente. Una vez la carne estuvo tierna, Brom se acercó y Eragon sirvió el guiso. Comieron en silencio evitando mirarse. Después Brom sacó la pipa y la encendió sin prisas.
-¿Por qué quieres viajar conmigo? -le preguntó Eragon.
Una nube de humo salió de los labios de Brom y ascendió en volutas a través de los árboles hasta que desapareció.
-Tengo interés personal en que sigas con vida.
-¿A qué te refieres?
-Para decirlo sin rodeos: resulta que soy un cuentacuentos y creo que la tuya será una historia digna de contarse, pues eres el primer Jinete que existe fuera del control del rey en más de cien años. ¿Qué pasará, pues? ¿Perecerás como un mártir? ¿Te unirás a los vardenos? ¿O matarás al rey Galbatorix? Son preguntas fascinantes. Y yo estaré ahí viendo todo lo que pase, cueste lo que cueste.
A Eragon se le hizo un nudo en el estómago. No se imaginaba haciendo ninguna de esas cosas y mucho menos convirtiéndose en mártir.
«Quiero vengarme, pero por lo demás... no tengo ambiciones.»
-Quizá sea así -respondió Eragon-, mas dime: ¿cómo es que puedes hablar con Saphira?
Brom se tomó su tiempo para añadir más tabaco a la pipa.
-Pues bien -dijo cuando volvió a ponérsela en la boca y a encenderla-, si ésa es la respuesta que buscas, ésa es la que tendrás, aunque tal vez no sea de tu agrado.
Brom se puso de pie, acercó su petate al fuego y de él sacó un objeto largo, envuelto en una tela. Tendría aproximadamente un metro y medio de longitud y, por la manera en que lo manipulaba, era bastante pesado.
Le quitó la tela, tira a tira, como si desenvolviera una momia. Eragon, pasmado, observó que se trataba de una espada: el pomo de oro tenía forma de lágrima, y sus lados, que estaban cortados, dejaban ver un rubí del tamaño de un huevo pequeño; la empuñadura estaba rodeada de hilo de plata, tan bruñido que brillaba como una estrella, y la funda era de color granate y suave como un cristal, adornada solamente con el grabado de un extraño símbolo negro. Junto a la espada había un cinturón con una pesada hebilla. Al acabar de quitar la última tira, Brom le tendió la espada a Eragon.
Al cogerla, la empuñadura le encajó tan perfectamente en la mano que parecía que había sido fabricada para él. El muchacho la desenfundó despacio, y la espada se deslizó de su vaina sin hacer ningún ruido: la hoja era plana, de color rojo iridiscente, y brillaba a la luz de la lumbre; los afilados bordes se curvaban con elegancia y terminaban en una aguda punta, mientras que el mismo símbolo de la funda estaba grabado también en el metal. El equilibrio de la espada era perfecto, y parecía que ésta era la prolongación del propio brazo, a diferencia de las toscas herramientas de la granja que Eragon estaba acostumbrado a manejar. Se percibía que poseía un gran poder, como si estuviera dominada por una fuerza interior incontenible, y aunque había sido creada para manejarla con violentas sacudidas en las batallas y para acabar con vidas humanas, albergaba una profunda belleza.
-En otra época esta arma había pertenecido a un Jinete -explicó Brom con seriedad-. Cuando un Jinete acababa su formación, los elfos le regalaban una espada; sus métodos para forjarla han permanecido siempre en secreto, pero lo cierto es que las espadas elfas se mantienen eternamente afiladas y nunca se manchan. La costumbre era que la espada fuera del color del dragón del Jinete, pero creo que en este caso puedo hacer una excepción. Esta espada se llama Zar'roc. Sin embargo, no sé lo que significa; seguramente debe de ser algo personal, referido al Jinete que la poseía.
Brom observó que Eragon hacía movimientos con la espada.
-¿De dónde la has sacado? -preguntó Eragon mientras volvía a enfundar el arma de mala gana.
Hizo el gesto de devolvérsela a Brom, pero éste ni intentó cogerla.
-Eso no importa -le respondió-. Lo único que puedo decir es que tuve que correr una serie de aventuras difíciles y peligrosas para conseguirla. Considérala tuya. Tienes más derecho que yo a poseerla y, hasta que todo haya concluido, creo que la necesitarás.
La oferta cogió desprevenido a Eragon.
-¡Es un regalo espléndido! ¡Gracias! -Sin saber qué más decir, pasó la mano por la vaina y preguntó-: ¿Qué significa este símbolo?
-Era el emblema personal del Jinete. -Eragon trató de interrumpirlo, pero Brom le clavó la mirada y lo obligó a callarse-. Bien, por si te interesa saberlo, te diré que cualquiera puede hablar con un dragón si tiene la preparación adecuada. Y... -levantó el índice enfáticamente- no significa nada. Yo sé más sobre los dragones y sus aptitudes que casi ningún otro ser viviente y, en cambio, tardarías años en aprender por tu cuenta lo que puedo enseñarte yo, de modo que te ofrezco mis conocimientos a modo de atajo. Y prefiero no decir por qué sé tanto.
Saphira se levantó, mientras Brom acababa de hablar, y se acercó a Eragon, que desenfundó la espada de nuevo y se la enseñó.
Tiene poder -dijo la dragona tocando la punta del arma con la nariz.
El color iridiscente del metal ondeó como el agua en el momento en que se puso en contacto con las escamas de Saphira, que levantó la cabeza y resopló satisfecha mientras la espada recuperaba su color habitual. Eragon volvió a guardarla, inquieto.
-Me estaba refiriendo a este tipo de cosas -afirmó Brom arqueando una ceja-: los dragones sorprenden constantemente y a su alrededor pasan cosas... misteriosas, cosas que es imposible que sucedan en ninguna otra parte. Aunque los Jinetes trabajaron con los dragones durante siglos, nunca llegaron a entender del todo sus aptitudes. Algunos dicen que ni siquiera los dragones conocen el alcance de sus propios poderes, pero están ligados a esta tierra de tal forma que les permite superar grandes obstáculos. Lo que Saphira acaba de hacer ilustra lo que te he dicho: hay muchas cosas que no sabes.
Se produjo una larga pausa.
-Es posible -replicó Eragon-, pero puedo aprender. Y, en este momento, lo más importante es que sepa cosas sobre los forasteros. ¿Tienes idea de quiénes son?
-Se llaman los ra'zac -contestó Brom respirando hondo-. Nadie sabe si es el nombre de su raza o el que ellos mismos han elegido. Sea como fuere, si tienen nombres individuales, los mantienen ocultos. Nunca se había visto a los ra'zac hasta que Galbatorix llegó al poder. Debió de conocerlos durante sus viajes y los puso a su servicio, pero se sabe poco o nada sobre ellos. Sin embargo, puedo decirte que no son humanos porque, cuando le vi fugazmente la cabeza a uno de esos seres, observé que tenía una especie de pico y ojos negros grandes como mi puño. Lo que es un misterio para mí es cómo han aprendido nuestra lengua. Sin duda el resto del cuerpo de los ra'zac es igual de extraño, y por eso se cubren siempre con una capa, independientemente del tiempo que haga.
»En cuanto a sus facultades, te diré que son más fuertes que ningún hombre y pueden saltar unas alturas increíbles, pero no saben usar la magia. Y tienes que estar agradecido por ello, porque si supieran utilizarla, ya estarías en sus garras. También sé que tienen una gran aversión a la luz del sol, aunque eso no los detendrá si están decididos a actuar. Por otra parte, no cometas el error de subestimar a los ra'zac porque son sagaces y muy astutos.
-¿Cuántos hay? -inquirió Eragon, que se preguntaba cómo era posible que Brom supiera tantas cosas.
-Por lo que sé, sólo los dos que has visto. Puede que haya más, pero nunca he oído hablar de ellos. Tal vez sean los últimos de una raza en vías de extinción. Son los cazadores de dragones personales del rey porque cada vez que le llega a Galbatorix el rumor de que hay un dragón en el reino, manda a los ra'zac a investigar, y a menudo dejan una estela de muerte a su paso.
Brom hizo una serie de volutas de humo y miró cómo se elevaban entre las zarzas.
Eragon no hizo caso de las volutas hasta que notó que cambiaban de color y flotaban veloces. Brom le guiñó un ojo con picardía.
Eragon estaba seguro de que nadie había visto a Saphira, pero entonces ¿cómo podía conocer Galbatorix su existencia?
-Tienes razón -respondió Brom al escuchar sus objeciones-, parece improbable que alguien de Carvahall informara al rey. ¿Por qué no me dices dónde encontraste el huevo y cómo criaste a Saphira? Eso podría aclararnos el asunto.
Eragon titubeó, pero le contó todo lo que había sucedido desde que había encontrado el huevo en las Vertebradas. Era maravilloso poder por fin confiar en alguien. Brom le hizo algunas preguntas, pero casi todo el rato lo escuchó con atención. El sol estaba a punto de ponerse cuando Eragon acabó su relato, y los dos hombres se quedaron en silencio mientras las nubes adquirían un tinte rosado claro. Finalmente, fue Eragon quien rompió el silencio.
-¡Ojalá supiera de dónde viene! Pero Saphira no lo recuerda.
-No lo sé... -dijo Brom ladeando la cabeza-. Pero me has aclarado muchas cosas. Estoy seguro de que nadie más que nosotros ha visto a la dragona. Los ra'zac deben de tener otra fuente de información fuera de este valle, de alguien que probablemente ahora esté muerto... Has logrado muchas cosas y has pasado por un trance muy difícil. Estoy impresionado.
Eragon miró a lo lejos sin comprender.
-¿Qué te pasó en la cabeza? -preguntó-. Parece como si te hubieran golpeado con una piedra.
-No, pero no vas desencaminado. -Chupó con fuerza la pipa-. Fui a merodear al campamento de los ra'zac por la noche para ver si podía enterarme de algo, pero me descubrieron en la oscuridad. Fue una buena trampa, pero me subestimaron y logré ahuyentarlos. Sin embargo -añadió con ironía-, tuve que pagar el precio de mi estupidez: aturdido, me caí y perdí el conocimiento hasta el día siguiente. Para entonces ya habían llegado a tu granja, y era demasiado tarde para detenerlos, pero en todo caso fui tras ellos. Fue ahí cuando nos encontramos en el camino.
«¿Quién es en realidad este hombre para pensar que podía coger a los ra'zac él solo? Le tienden un emboscada en la oscuridad, ¿y únicamente se queda "aturdido"?»
-Cuando viste la marca en mi palma, la gedwey ignasia, ¿por qué no me dijiste quiénes eran los ra'zac? -preguntó Eragon, intranquilo-. Habría ido a avisar a Garrow en lugar de ir primero a ver a Saphira, y podríamos haber huido los tres.
-En ese momento no sabía muy bien qué hacer -suspiró Brom-. Creía que podría mantener a los ra'zac lejos de ti y que, cuando se hubieran marchado, hablaríamos de Saphira. Pero fueron más listos que yo. Cometí un error que lamento profundamente y que te ha supuesto un grave contratiempo.
-¿Quién eres? -inquirió Eragon sintiéndose molesto de repente-. ¿Cómo es posible que un simple cuentacuentos de pueblo tenga la espada de un Jinete? ¿Cómo conoces la existencia de los ra'zac?
Brom dio un golpecito a la pipa.
-Pensaba que ya había dejado claro que no iba a hablar de ello.
-Mi tío ha muerto por ello. ¡Muerto! -exclamó Eragon lanzando un puñetazo al aire- Hasta ahora he confiado en ti porque Saphira te respeta, ¡pero se ha acabado! Tú no eres la persona que conozco desde hace años en Carvahall. ¡Explícame quién eres!
Durante un buen rato Brom se quedó mirando las volutas de humo que ascendían entre ellos, mientras se le marcaban unas profundas arrugas en la frente, pero el único movimiento que hizo fue dar otra calada a la pipa.
-Probablemente -dijo al fin-, nunca se te ha ocurrido pensar que he pasado la mayor parte de mi vida fuera del valle de Palancar. Sólo en Carvahall asumí el papel de cuentacuentos, pero he tenido muchos papeles diferentes y un pasado... complicado. Y si he llegado aquí es, en parte, por el deseo de escapar de él. Así es que no, no soy el hombre que tú crees que soy.
-¡Vaya! -soltó Eragon-. Entonces ¿quién eres?
-Estoy aquí para ayudarte, y no desprecies estas palabras porque son las más ciertas que he dicho en mi vida -afirmó Brom sonriendo con dulzura-. Pero no voy a responder a tus preguntas. A estas alturas, no necesitas saber mi historia ni te has ganado aún el derecho a oírla. Sí, en efecto, sé cosas que Brom, el cuentacuentos, no sabría, y soy más importante que él. Tendrás que aprender a vivir con ese hecho y con el de que no explico mi vida a cualquiera que me pregunta.
Eragon lo miró ceñudo.
-Me voy a dormir -dijo, y se alejó del fuego.
Brom no pareció sorprenderse, pero tenía una expresión de pena en la mirada. Extendió sus mantas junto al fuego, mientras Eragon se tumbaba junto a Saphira. Un gélido silencio cayó sobre el campamento.

Capitulo 12

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:32
guardado en

La locura de la vida
Todavía era de noche cuando Eragon se incorporó de golpe en la cama respirando agitado. La habitación estaba helada, y se le puso la carne de gallina en los brazos y en los hombros. Faltaban unas horas para el amanecer, el momento en que nada se mueve y la vida espera los primeros toques tibios de la luz solar.
El corazón le palpitó con fuerza mientras una premonición terrible se apoderaba de él. Era como si una mortaja hubiera descendido sobre el mundo, y su punto más oscuro estuviera encima de su habitación. Se levantó de la cama, se vistió en silencio y se precipitó por el pasillo, temeroso. Cuando vio que la puerta de la habitación de Garrow estaba abierta y que había gente dentro, sintió una punzada de miedo.
Garrow yacía pacíficamente en la cama. Estaba vestido con ropa limpia, peinado hacia atrás y con el rostro tranquilo. Podría haber estado durmiendo a no ser por el amuleto de plata que llevaba al cuello y por el ramo de cicuta que tenía sobre el pecho: los últimos regalos de los vivos a los muertos.
Katrina estaba al lado de la cama, pálida y con la cabeza gacha. Eragon la oyó murmurar:
-Me habría gustado llamarlo padre algún día...
«Llamarlo padre -pensó con amargura-, un derecho que ni yo tengo.»
Eragon se sentía como un fantasma, despojado de toda su vitalidad. Todo parecía irreal, salvo la cara de Garrow. Las lágrimas le corrieron por las mejillas y le temblaron los hombros, pero no lloró en voz alta. Su madre, su tía, su tío... los había perdido a todos. El peso del dolor lo aplastaba como una fuerza monstruosa que lo hacía tambalearse. Alguien lo llevó de vuelta a su habitación con palabras de consuelo.
Se tumbó en la cama, ocultando la cara entre los brazos, y se echó a llorar convulsivamente. Sintió que Saphira se ponía en contacto con él, pero la apartó y se dejó llevar por su pena. No podía aceptar que Garrow se hubiera ido porque si lo hacía, ¿en qué más podría creer? Sólo en un mundo cruel y despiadado que apagaba vidas humanas como el viento las velas. Frustrado y aterrorizado, volvió el rostro empapado de lágrimas hacia los cielos y gritó:
-¿Qué dios es capaz de hacer algo así? ¡Muéstrate! -Oyó que alguien corría hacia su habitación, pero no llegó ninguna respuesta desde lo alto-. ¡Garrow no se lo merecía!
Unas manos consoladoras lo acariciaron, y vio a Elain sentada a su lado. La mujer lo abrazó mientras él lloraba hasta que, al cabo de un rato, exhausto, el sueño lo venció.

Capitulo 11

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:30
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El acecho de la muerte
Los sueños que alteraban la mente de Eragon se iniciaron y se desarrollaron obedeciendo a sus propias leyes: el muchacho observaba a un grupo de personas -algunas de las cuales tenían cabellos plateados y llevaban largas lanzas- que iban montadas en altivos caballos acercándose a un río solitario donde las esperaba un extraño barco, aunque muy bello, que relucía bajo la luz de una brillante luna. Subieron despacio a bordo de la nave: dos de esas personas, de mayor estatura que las demás, caminaban cogidas del brazo, y Eragon habría podido asegurar que una de ellas era una mujer, aunque las capuchas les cubrían el rostro. Permanecieron de pie en la cubierta del barco mirando hacia la orilla, y allí, sobre la playa de guijarros, había un hombre solo, el único que no había subido a bordo, que echó la cabeza hacia atrás y lanzó un prolongado grito de dolor. A medida que el grito se desvanecía, el barco comenzó a deslizarse río abajo sin brisa ni remeros y se alejó por la llanura plana y vacía. La visión se hizo borrosa, pero justo antes de que desapareciera, Eragon divisó dos dragones en el cielo.
De lo primero que Eragon tomó conciencia fue de un crujido que se producía una y otra vez. El insistente ruido le hizo abrir los ojos y contempló un techo de paja. Una recia manta cubría su desnudez, y alguien le había vendado las piernas y le había atado un paño limpio alrededor de los nudillos. Se hallaba en una cabaña de una sola habitación. En una mesa había un mortero, con su correspondiente mano, cazos y plantas, mientras que hileras de hierbas secas colgaban de las paredes que perfumaban el aire con sus aromas campestres. En la chimenea ardía un fuego, ante el que una voluminosa mujer estaba sentada en una mecedora: Gertrude, la sanadora del pueblo. Dormitaba con los ojos cerrados, y en el regazo tenía unas agujas de tejer y un ovillo de lana.
Aunque Eragon se sentía sin fuerzas, se esforzó en incorporarse, y eso lo ayudó a que la mente se le despejara. Repasó sus recuerdos de los últimos dos días. Primero pensó en Garrow y después en Saphira.
«Espero que esté en un lugar seguro.»
Trató de ponerse en contacto con ella, pero no pudo. Dondequiera que estuviera, era lejos de Carvahall.
«Por lo menos Brom me trajo a Carvahall. ¿Qué le habrá pasado? Tenía tanta sangre...»
Gertrude se meció y abrió los ojos.
-¡Ah -dijo-, estás despierto, qué bien! -Tenía una voz sonora y cálida-. ¿Cómo te sientes?
-Bastante bien. ¿Dónde está Garrow?
-En casa de Horst -contestó Gertrude que arrastró la silla junto a la cama-. Aquí no había suficiente sitio para los dos. Y te aseguro que no he parado ni un minuto de ir de un lado a otro para ver si los dos estabais bien.
Eragon se tragó sus preocupaciones y preguntó:
-¿Cómo está?
Gertrude se miró las manos y tardó un buen rato en responder.
-No muy bien. No le baja la fiebre ni se le curan las heridas.
-Tengo que verlo.
Eragon intentó levantarse.
-Primero debes comer -replicó ella en tono autoritario, y lo empujó hacia atrás-. No me he pasado todo este tiempo sentada a tu lado para que te levantes y te hagas daño otra vez. Tenías desolladas la mitad de las piernas y no te ha bajado la fiebre hasta anoche. No te preocupes por Garrow. Se pondrá bien porque es un hombre fuerte.
Gertrude colgó una tetera sobre el fuego y empezó a picar una chirivía para la sopa.
-¿Cuánto tiempo he pasado aquí?
-Dos días enteros.
¡Dos días! ¡Eso significaba que no comía desde el desayuno de hacía cuatro días! Sólo de pensarlo se sintió débil.
«Y Saphira ha estado sola todo este tiempo. Espero que esté bien.»
-Todo el pueblo quiere saber qué ha pasado, porque unos hombres fueron a la granja y la encontraron destruida. -Eragon asintió; lo sabía-. Vuestro granero se ha quemado... ¿Fue así como se lastimó Garrow?
-No... lo sé -respondió Eragon-, no estaba allí cuando sucedió.
-Bueno, no importa, estoy segura de que todo se aclarará. -Gertrude retomó su labor mientras se cocía la sopa-. Menuda cicatriz tienes en la palma.
-Sí -dijo el chico, y cerró instintivamente la mano.
-¿Cuándo te la has hecho?
Se le pasaron por la cabeza varias respuestas posibles, pero eligió la más sencilla.
-No me acuerdo, la tengo desde siempre. Nunca le pregunté a Garrow cómo me la había hecho.
-Mmm.
Siguieron en silencio hasta que estuvo lista la sopa. Gertrude la sirvió en un cazo y se la dio a Eragon con una cuchara, y él la aceptó agradecido. La probó con cuidado: estaba deliciosa.
-¿Ahora puedo ir a visitar a Garrow? -preguntó al acabar.
-Estás decidido, ¿no? -suspiró Gertrude-. Bueno, si de verdad quieres ir, no puedo detenerte. Vístete, iremos juntos.
La mujer se volvió, y él se puso la camisa y los pantalones con gesto de dolor cuando las perneras le rozaron los vendajes. Gertrude lo ayudó a ponerse de pie: sentía las piernas débiles, pero no le dolían como antes.
-Da unos pasos -le ordenó la mujer-; por lo menos no tendrás que ir de rodillas -comentó secamente.
Una vez en la calle, un viento tempestuoso les arrojó el humo de las casas vecinas a la cara. Nubes de tormenta ocultaban las Vertebradas y cubrían el valle al tiempo que una cortina de nieve avanzaba hacia el pueblo y oscurecía las estribaciones de las montañas. Eragon caminaba apoyado con fuerza en Gertrude mientras atravesaban Carvahall.
Horst había levantado su casa de dos pisos en una colina, de modo que disfrutaba de buenas vistas de las montañas. Había prodigado todo su talento en ella: el techo de pizarra protegía un balcón con barandilla que disponía de un gran ventanal en el segundo piso. Cada desagüe tenía forma de una feroz gárgola, y en los marcos de todas las puertas y ventanas había esculturas de serpientes, venados, cuervos y enredaderas.
Elain, la mujer de Horst, una mujer menuda, esbelta, de refinadas facciones y cabello rubio y sedoso recogido en un moño, les abrió la puerta. Llevaba un vestido recatado y pulcro, y se movía con elegancia.
-Adelante, por favor -dijo en voz baja.
Cruzaron el umbral y entraron en una habitación grande y bien iluminada. Una escalera con la barandilla bruñida ascendía en semicírculo y las paredes estaban pintadas de color miel. Elain le sonrió a Eragon con tristeza, pero se dirigió a Gertrude.
-Estaba a punto de mandar a buscarla porque Garrow no está bien. Debería verlo enseguida.
-Elain, por favor, ayude a Eragon a subir la escalera -pidió Gertrude, y ella empezó a subir los escalones de dos en dos.
-No se preocupe, puedo hacerlo yo solo.
-¿Estás seguro? -preguntó Elain. Eragon asintió, pero a la mujer le pareció que dudaba-. Bueno, cuando hayas acabado ven a verme a la cocina, tengo un pastel recién hecho que estoy segura de que te gustará.
En cuanto la mujer salió, él se recostó contra la pared, agradecido por el apoyo. Subió la escalera despacio, pues cada peldaño era un suplicio. Cuando llegó arriba, se encontró en un largo pasillo lleno de puertas. La última estaba entreabierta. Respiró hondo y se dirigió hacia allí.
Katrina estaba delante de la chimenea hirviendo unos paños. Al oír a Eragon, levantó la vista, murmuró una condolencia y volvió a su trabajo. Gertrude estaba al lado de la muchacha moliendo hierbas para un emplasto. A los pies de la sanadora había un cubo lleno de nieve que se derretía convirtiéndose en agua helada.
Garrow estaba en la cama cubierto con un montón de mantas. El sudor le cubría la frente y, aunque parpadeaba, no veía nada. Tenía la piel de la cara encogida como la de un cadáver, y permanecía inmóvil, salvo por los sutiles temblores que le provocaba la entrecortada respiración. Con la sensación de que aquello no podía ser real, Eragon tocó la frente de su tío: estaba ardiendo. Levantó con aprensión las mantas y vio las heridas de Garrow tapadas con tiras de tela. Las quemaduras que tenía al aire, porque le estaban cambiando los vendajes, ni siquiera habían empezado a curar. Eragon miró a Gertrude con desesperación.
-¿No puede hacer nada?
La mujer sumergió un paño en agua helada y se lo pasó a Garrow por la frente.
-Lo he probado todo: ungüentos, emplastos, tinturas... pero no ha servido de nada. Si se cerraran las heridas, quizá tu tío tendría más posibilidades. Sin embargo, las cosas pueden cambiar para mejor: es un hombre fuerte y resistente.
Eragon se fue a un rincón y se dejó caer al suelo. «Esto no debería estar pasando.» El silencio engulló sus pensamientos, y el chico se quedó en blanco mirando la cama. Al cabo de un rato, notó que Katrina se había arrodillado a su lado y lo cogía de los hombros, pero al ver que el muchacho no respondía, se marchó discretamente.
Más tarde abrieron la puerta y entró Horst. Habló con Gertrude en voz baja y se acercó al muchacho.
-Ven, necesitas salir de aquí.
Antes de que Eragon pudiera protestar, Horst lo ayudó a ponerse de pie y lo sacó de la habitación.
-Quiero quedarme -se quejó.
-Necesitas respirar un poco de aire fresco. No te preocupes, podrás volver enseguida.
Eragon dejó a regañadientes que el herrero lo ayudara también a bajar la escalera, y entraron en la cocina. Un penetrante aroma de diferentes platos, condimentados con hierbas y especias, inundaba el ambiente. Albriech y Baldor estaban allí hablando con su madre mientras ésta amasaba pan. Los hermanos se quedaron en silencio al ver a Eragon, pero éste había oído lo suficiente para saber que se referían a Garrow.
-Ven, siéntate -dijo Horst ofreciéndole una silla.
Eragon se dejó caer, agradecido.
-Gracias -contestó.
Como le temblaban ligeramente las manos, las entrecruzó en el regazo.
-No tienes por qué comer si no quieres -dijo Elain sirviéndole un plato lleno de comida-, pero te lo pongo por si te apetece.
Regresó a su trabajo mientras Eragon levantaba el tenedor.
Apenas consiguió tragar unos pocos bocados.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó Horst.
-Terriblemente mal.
El herrero esperó un poco antes de continuar.
-Sé que éste no es el mejor momento, pero tenemos que saber lo... que pasó.
-La verdad es que no me acuerdo.
-Eragon -dijo Horst inclinándose hacia delante-, yo soy uno de los que han ido a la granja. Tu casa no sólo se vino abajo, sino que algo la destrozó completamente. Alrededor había huellas de un animal gigante que nunca había visto en mi vida, y los demás también las vieron. Si hay un Sombra o un monstruo acechando, debemos saberlo. Eres el único que puedes decírnoslo.
Eragon sabía que tenía que mentir.
-Cuando me fui de Carvahall hace... -contó mentalmente- cuatro días, había unos... forasteros en el pueblo preguntando por una gema como la que yo había encontrado. -Le hizo un gesto a Horst-. Me hablaste de ellos, y por eso me marché a casa deprisa. -Todos los ojos estaban puestos en él. Eragon se humedeció los labios-. Esa noche no... no pasó nada. A la mañana siguiente, cuando acabé mi trabajo, fui andando al bosque. Al cabo de un rato oí una explosión y vi humo elevándose por encima de los árboles. Volví corriendo lo más pronto que pude, pero quienquiera que lo hubiera hecho ya se había marchado. Excavé entre los escombros y... encontré a Garrow.
-¿Lo pusiste sobre la tabla y lo arrastraste hasta aquí? -preguntó Albriech.
-Sí -respondió Eragon-, pero antes de marcharme inspeccioné el sendero que lleva al camino y vi huellas de dos pares de botas de hombre. -Tomó del bolsillo el trozo de tela negra-. Garrow tenía esto en la mano. Creo que es la misma tela de la ropa que llevaban los forasteros.
La dejó sobre la mesa.
-Así es -dijo Horst. Parecía pensativo y enfadado al mismo tiempo-. ¿Y cómo te lastimaste las piernas?
-No estoy seguro -contestó Eragon-. Creo que me lo hice mientras trataba de sacar a Garrow de debajo de los escombros, pero no lo sé. No lo noté hasta que la sangre empezó a chorrearme por ellas.
-¡Es terrible! -exclamó Elain.
-Debemos perseguir a esos hombres -afirmó Albriech con vehemencia-. No podemos permitir que se salgan con la suya. Con un par de caballos podríamos cogerlos mañana y traerlos aquí.
-Quítate esa insensatez de la cabeza -replicó Horst-. Probablemente te cogerían como a una criatura y te arrojarían contra un árbol. ¿Recuerdas lo que le ha pasado a la casa? Es mejor que ni siquiera nos topemos con esa gente. Además, ahora ya tienen lo que quieren. -Miró a Eragon-. Se han llevado la gema, ¿no?
-En la casa no estaba.
-Entonces, si ya la tienen, no hay razón para que vuelvan. -Clavó una penetrante mirada en Eragon-. No has dicho nada de esas extrañas huellas. ¿No sabes de dónde salían?
-No las vi -aseguró Eragon.
-Todo esto me huele muy mal -intervino de pronto Baldor-, suena a brujería. ¿Quiénes son esos hombres? ¿Sombras? ¿Para qué querían la gema y cómo pudieron destruir la casa si no fue mediante poderes malignos? Quizá tengas razón, padre, y la gema era lo único que querían, pero creo que volveremos a verlos.
Todos se quedaron en silencio después de las palabras de Baldor.
Eragon tenía la sensación de que había algo que habían pasado por alto, aunque no sabía de qué se trataba. Repentinamente, cayó en la cuenta, y con el corazón encogido preguntó:
-Roran no sabe nada, ¿verdad?
«¿Cómo he podido olvidarme de él?»
Horst negó con la cabeza.
-Dempton y él se fueron poco después que tú -explicó-. Y a menos que hayan tenido alguna dificultad por el camino, habrán llegado a Therinsford hace un par de días. Íbamos a mandarle un mensaje, pero ayer y anteayer hacía demasiado frío.
-Baldor y yo estábamos a punto de marcharnos cuando despertaste -intervino Albriech.
-Id -dijo Horst pasándose la mano por la barba-. Os ayudaré a ensillar los caballos.
-Se lo diré con suavidad -le prometió Baldor a Eragon antes de salir de la cocina, detrás de Horst y de Albriech.
Eragon se quedó allí sentado con los ojos fijos en un nudo de la madera de la mesa. Cada detalle le resultaba terriblemente claro: la textura irregular, la protuberancia asimétrica, tres pequeñas ondas con un punto de color... El nudo tenía una inmensidad de pormenores, y cuanto más lo miraba, más cosas veía. El muchacho buscaba respuestas en él, pero si había alguna, lo esquivaba.
Una débil señal se abrió paso entre el torbellino de pensamientos que cruzaban la mente de Eragon. Parecía un grito que provenía del exterior, pero Eragon no hizo caso.
Deja que otro se ocupe de esto.
Al cabo de unos minutos volvió a oírlo, pero esta vez más alto. Enfadado, cerró la mente y no lo dejó entrar.
¿Por qué no se callan? ¿No ven que Garrow está descansando?
Miró a Elain, pero no parecía que ella oyera nada.
¡ERAGON!
El grito sonó tan fuerte que el muchacho casi se cayó de la silla. Miró a su alrededor asustado, pero no había cambiado nada. De pronto, comprendió que los gritos le llegaban desde el interior de la cabeza.
¿Saphira? -preguntó ansioso.
Sí, sordo como una tapia -le respondió tras una pausa.
Eragon sintió un alivio enorme.
¿Dónde estás?
La dragona le transmitió la imagen de un bosquecillo.
He intentado ponerme en contacto contigo muchas veces, pero estabas fuera de mi alcance.
He estado enfermo... pero ahora estoy mejor. ¿Por qué no te he percibido antes?
Después de dos noches de espera, el hambre se apoderó de mí y tuve que ir a cazar.
¿Conseguiste algo?
Un cervatillo. Era listo y sabía protegerse de los depredadores de la tierra, pero no de los del cielo. Cuando lo atrapé entre mis fauces, pateó vigorosamente y trató de escapar. Pero yo era más fuerte, así que cuando vio que la derrota era inevitable, se rindió y murió. ¿También Garrow opone resistencia a lo inevitable?
No lo sé -y le contó los detalles-. Pasará un tiempo hasta que podamos volver a casa, si es que volvemos alguna vez. Será mejor que te busques un buen sitio para guarecerte.
Haré lo que me dices -dijo Saphira con tristeza-. Pero no tardes demasiado.
Se separaron de mala gana. Eragon miró por la ventana y se sorprendió de que el sol ya se hubiera puesto. Estaba muy cansado y se acercó cojeando hasta Elain, que estaba envolviendo un pastel de carne con un paño.
-Me voy a casa de Gertrude a dormir -le dijo.
La mujer acabó su tarea y le sugirió:
-¿Por qué no te quedas con nosotros? Estarás más cerca de tu tío, y Gertrude podrá volver a dormir en su cama.
-¿Tenéis sitio? -preguntó, vacilante.
-Claro. -Elain se secó las manos-. Ven conmigo, que te prepararé la cama. -Lo acompañó escaleras arriba hasta una habitación libre. Una vez allí, Eragon se sentó en el borde de la cama-. ¿Necesitas algo más? -le preguntó Elain. Eragon negó con la cabeza-. Bueno, estaré abajo. Llámame si necesitas algo.
El muchacho la oyó bajar la escalera, abrió la puerta y se escurrió por el pasillo hasta el cuarto de Garrow. Gertrude le sonrió mirándolo por encima de sus veloces agujas de tejer.
-¿Cómo está? -preguntó Eragon.
-Muy débil -contestó la mujer con voz ronca de cansancio-, pero le ha bajado un poco la fiebre y algunas quemaduras están mejor. Tendremos que esperar, pero podría significar que está recuperándose.
Eragon, más animado, volvió a su habitación. La oscuridad no le pareció muy acogedora mientras se deslizaba debajo de las mantas. Al cabo de un rato se quedó dormido intentando curar las heridas que habían sufrido su cuerpo y su alma.

Capitulo 10

por Gabriel
martes, 10 de febrero del 2009 a las 15:28
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La fatalidad de la inocencia
Cuando Eragon abrió los ojos por la mañana, creyó que el cielo se había caído: una superficie lisa y azul se extendía sobre la cabeza del muchacho y se curvaba por ambos extremos hacia el suelo. Medio dormido, estiró la mano y palpó una fina membrana con los dedos. Tardó un minuto entero en darse cuenta de lo que miraba. Inclinó un poco el cuello y vio el anca, cubierta de escamas, sobre la que había apoyado la cabeza. Poco a poco estiró las piernas para salir de la posición fetal en la que se hallaba y las costras se le resquebrajaron. Le dolía menos que el día anterior, pero la mera idea de caminar lo acobardaba. Sin embargo, el hambre voraz le recordó que no había comido, de modo que reunió la energía necesaria para moverse y dio un golpe suave a Saphira en el costado.
-¡Eh, despierta! -gritó.
La dragona se movió y, al levantar el ala, dejó entrar un torrente de luz. Eragon entrecerró los ojos ante el resplandor de la nieve que lo cegó por un instante. A su lado, Saphira se desperezó como un gato y bostezó dejando a la vista una hilera de dientes blancos. Cuando los ojos de Eragon se acostumbraron a la luz, observó dónde estaban: unas montañas imponentes y desconocidas los rodeaban y proyectaban profundas sombras en el claro. Vio también que a un lado había un sendero que atravesaba la nieve y se internaba en el bosque, de donde procedía el ruido amortiguado de un arroyo.
Se puso de pie entre gemidos, se tambaleó y fue cojeando hasta un árbol. Se cogió a una de las ramas y apoyó todo su peso en ella, pero la rama se rompió con un sonoro crujido. Eragon le quitó las ramitas, se calzó el palo debajo del brazo y colocó el otro extremo en el suelo. Con la ayuda de esta improvisada muleta, fue también cojeando hasta el arroyo cubierto de hielo. Rompió la capa superior y ahuecó las manos para beber el agua, limpia y amarga. Saciada la sed, regresó al claro, y al salir de entre los árboles, reconoció al fin las montañas y el lugar donde habían aterrizado.
Había sido precisamente allí, en medio de un ruido ensordecedor, donde había encontrado el huevo de Saphira. Eragon se apoyó en un rugoso tronco: no tenía ninguna duda porque en ese momento vio los árboles grisáceos que habían sido despojados de sus hojas por la explosión.
«¿Cómo sabía Saphira dónde estaba este lugar? Porque entonces todavía era un huevo. Quizá mis recuerdos debieron de darle suficiente información para encontrarlo.»
El muchacho movió la cabeza en silencio, asombrado. Mientras tanto, Saphira lo esperaba pacientemente.
¿Me llevarás a casa? -La dragona ladeó la cabeza-. Ya sé que no quieres, pero debes hacerlo porque ambos estamos en deuda con Garrow, pues cuidándome a mí, ha hecho posible que yo me ocupara de ti. ¿Vas a pasar esa deuda por alto? ¿Y qué dirán de nosotros en los años venideros si no volvemos? ¿Que nos escondimos como cobardes mientras mi tío estaba en peligro? ¡Ya me imagino la historia del Jinete y su dragona cobarde! Si tiene que haber lucha, enfrentémonos a ella en lugar de rehuirla. ¡Eres una dragona! ¡Hasta un Sombra te tendría miedo! Pero te ocultas en las montañas como un conejo asustado.
Eragon quería que la dragona se enfadara y lo logró. Un gruñido resonó en la garganta de Saphira, que echó la cabeza hacia delante hasta casi tocar la del muchacho. Le enseñó los dientes y lo miró colérica mientras sacaba humo por los orificios de la nariz. Eragon esperaba no haberse pasado de la raya. De pronto, escuchó los pensamientos de Saphira:
La sangre atraerá sangre. Pero pelearé. Sin embargo, aunque nuestros caminos, nuestros destinos, nos unan, no me pongas a prueba. Te llevaré por la deuda que tenemos, pero volaremos hacia la necedad.
-Necedad o no -exclamó Eragon-, no tenemos alternativa... debemos ir.
Rompió su camisa en dos y metió un trozo en cada una de las perneras de los pantalones. Con mucho cuidado, se acomodó sobre Saphira y se cogió con fuerza del cuello de la dragona.
Esta vez -le dijo-, vuela más bajo y más rápido. El tiempo es fundamental.
No te sueltes -le aconsejó la dragona y despegó hacia el cielo.
Se elevaron por el bosque y se enderezaron de inmediato, un poco por encima de las ramas. A Eragon se le revolvió el estómago, que por suerte estaba vacío.
Más rápido, más rápido -la apremió.
Saphira no respondió, pero empezó a agitar las alas más deprisa. Eragon cerró los ojos con fuerza y se encorvó un poco más sobre el cuello de la dragona. Creía que el acolchado que había hecho con la camisa bajo los pantalones lo protegería, pero cada movimiento le producía punzadas de dolor en las piernas, y muy pronto comprobó que la sangre le corría por las pantorrillas. El muchacho percibía que la preocupación emanaba de Saphira, que iba cada vez más rápido y con las alas en tensión mientras la tierra pasaba deprisa por debajo, como si la empujaran bajo los pies de ambos. Eragon pensó que si alguien los miraba desde abajo, no vería más que una mancha borrosa.
A primera hora de la tarde, el valle de Palancar apareció ante ellos. Las nubes oscurecían la visibilidad hacia el sur; Carvahall estaba al norte. Saphira comenzó el descenso mientras Eragon buscaba la granja. Cuando la divisó, el miedo se apoderó de él: una columna de humo negro con llamas rojizas en la base se elevaba de su hogar.
-¡Saphira -gritó, y señaló la granja-, déjame aquí! ¡Ahora mismo!
La dragona cerró las alas y giró para iniciar un precipitado descenso a una velocidad de vértigo. Entonces alteró un poco el rumbo en dirección al bosque.
-¡Aterriza en los campos! -chilló Eragon para que Saphira lo oyera a pesar del ruido del viento. Se agarró con más fuerza a ella mientras bajaban en picado.
Saphira esperó a estar a unos treinta metros del suelo para plegar las alas con varias sacudidas fuertes. Aterrizó con torpeza, y Eragon no pudo sostenerse y cayó. Se levantó tambaleándose y jadeante.
Habían arrasado la casa: las maderas y los tablones de las paredes y del techo estaban desparramados por una vasta zona; la madera estaba pulverizada, como si la hubieran aplastado con un martillo gigante; había tejas cubiertas de hollín por todas partes, y unos pocos platos retorcidos de metal eran lo único que quedaba de la cocina, mientras que la loza destrozada y los cachos de ladrillo de la chimenea perforaban la nieve. Un humo espeso y denso se elevaba del establo, que ardía ferozmente, y los animales, muertos o espantados, habían desaparecido.
-¡Tío! -Eragon corrió entre las ruinas de las habitaciones destruidas en busca de Garrow. No había ni rastro de él-. ¡Tío! -volvió a gritar.
Saphira dio una vuelta alrededor de la casa y se acercó al muchacho.
Aquí sólo hay pesadumbre -dijo.
-¡Esto no habría sucedido si no te hubieras escapado conmigo!
Si te hubieras quedado, no seguirías con vida.
-¡Mira esto! -gritó-. ¡Habríamos podido avisar a Garrow! ¡Es culpa tuya que no haya podido escapar!
Dio un puñetazo contra un poste y se lastimó los nudillos, de tal modo que cuando salió con paso airado de lo que quedaba de la casa, la sangre le chorreaba por los dedos. Se dirigió a trompicones por el sendero que llevaba al camino y se agachó para examinar la nieve. Había varias huellas marcadas, pero como tenía la vista borrosa, apenas las distinguió. «¿Me estaré quedando ciego?», se preguntó. Con mano temblorosa se tocó las mejillas y descubrió que las tenía mojadas.
Entonces se proyectó la sombra de Saphira sobre él, y la dragona lo cobijó entre las alas.
Tranquilízate; puede que no esté todo perdido. -Eragon levantó la mirada, esperanzado-. Examina el sendero; yo sólo veo dos pares de huellas, así que por aquí no se llevaron a Garrow.
Eragon se concentró en las pisadas que había en la nieve: las huellas, apenas visibles, de dos pares de botas de cuero se dirigían a la casa. Encima de éstas había rastros de las mismas huellas pero en dirección contraria. Y quienesquiera que las hubieran dejado cargaban el mismo peso tanto a la ida como a la vuelta.
Tienes razón. ¡Garrow tiene que estar aquí!
Se enderezó de un salto y regresó deprisa a la casa.
Yo buscaré en el establo y en el bosque -dijo Saphira.
Eragon empezó a remover los restos de la cocina y a excavar frenéticamente una montaña de escombros. Quitaba como por arte de magia pesos enormes que normalmente no habría podido mover. Un armario, casi intacto, se le resistió durante un segundo, pero logró levantarlo y lo tiró por el aire. Mientras apartaba un tablón, algo hizo ruido a sus espaldas, y el muchacho se volvió de repente, preparado para un ataque.
Una mano extendida, debajo de un trozo de techo desprendido, se movía débilmente, y Eragon la estrechó lanzando un grito.
-Tío, ¿me oyes?
No hubo respuesta alguna. Eragon empezó a despedazar la madera sin hacer caso de las astillas que le lastimaban las manos. Enseguida quedó a la vista un brazo y un hombro, atrapados bajo una pesada viga. Trató de moverla con el hombro con todas las fuerzas de cada fibra de su ser, pero se le resistió.
-¡Saphira, te necesito!
La dragona llegó inmediatamente. La madera crujía bajo su peso mientras avanzaba sobre los restos de las paredes. Sin decir nada se acercó y apoyó un costado contra la viga, hundió las garras en lo que quedaba del suelo y tensó todos los músculos. Al levantar la viga, ésta chirrió, y el chico se precipitó debajo de ella: Garrow estaba boca abajo con la ropa desgarrada, y Eragon lo sacó de entre los escombros. En ese momento Saphira soltó la viga y dejó que se estrellara contra el suelo.
Eragon arrastró a Garrow fuera de la casa en ruinas y lo acomodó en el suelo. Consternado, tocó a su tío con suavidad. El hombre tenía la tez gris, inerte y seca, como si la fiebre lo hubiera consumido, los labios partidos y un largo arañazo en el pómulo. Pero eso no era lo peor: unas profundas e irregulares quemaduras le cubrían la mayor parte del cuerpo y un olor empalagoso y nauseabundo, como a fruta podrida, emanaba de él. Respiraba entrecortadamente, y cada exhalación parecía el estertor de la muerte.
Asesinos -masculló Saphira.
No digas eso. Aún podemos salvarlo. Tenemos que llevarlo a casa de Gertrude, pero yo no puedo transportarlo a Carvahall.
Saphira le transmitió a Eragon la imagen de Garrow colgado debajo de ella mientras volaba.
¿Puedes llevarnos a los dos?
Debo hacerlo.
Eragon rebuscó entre los escombros hasta que encontró una tabla y unas correas de cuero. A continuación le pidió a Saphira que perforara con una garra cada una de las esquinas de la tabla, pasó las correas por los agujeros y se las ató a las cuatro patas. Después de comprobar que los nudos eran fuertes, acostó a Garrow sobre la madera y lo amarró. En ese momento, de la mano de su tío cayó un trozo de tela negra, que era igual que la de la ropa que llevaban los forasteros. Eragon, rabioso, se lo guardó en el bolsillo, montó sobre Saphira y cerró los ojos mientras un dolor punzante le invadía el cuerpo.
¡Ahora!
Saphira se levantó de un salto mientras las patas traseras estaban todavía hundidas en tierra, arañó el aire con las alas cuando empezó a elevarse muy despacio, y mantuvo los tendones tensos y a punto de estallar al luchar contra la fuerza de la gravedad. Durante un interminable y doloroso instante no pasó nada, pero de pronto se lanzó hacia delante con gran potencia y levantaron el vuelo. Una vez más se hallaban sobre el bosque.
Sigue el camino -le dijo Eragon-, así tendrás espacio suficiente si tienes que aterrizar.
Pero me verán.
Eso ya no importa.
Saphira no discutió más, viró hacia el camino y se dirigió a Carvahall. Garrow se balanceaba salvajemente debajo de ellos; tan sólo las finas correas impedían que se cayera.
El exceso de peso hacía que Saphira no volara tan deprisa. Al poco rato sus fuerzas empezaron a flaquear y le salía espuma por la boca. Se esforzó por continuar, pero cuando todavía quedaban casi cinco kilómetros hasta Carvahall, la dragona plegó las alas y descendió hacia el camino.
Las patas traseras tocaron tierra y levantaron una lluvia de nieve. Eragon bajó descendiendo de costado para no hacerse daño en las piernas. Se puso de pie con dificultad y se afanó en desatar las correas de las patas de Saphira. La dragona jadeaba, muy agitada.
Busca un sitio seguro para descansar -le dijo Eragon. No sé cuánto tiempo tardaré, así que tendrás que arreglártelas sola.
Esperaré -respondió ella.
Eragon apretó los dientes y empezó a arrastrar a Garrow por el camino. Los primeros pasos le produjeron un dolor insoportable. «No puedo hacerlo», clamó al cielo; aun así, dio unos pasos más sin dejar de quejarse. Miró fijamente el terreno y se esforzó por mantener un paso firme. Era una lucha contra su propio cuerpo que se rebelaba, pero era una lucha que se negaba a perder. Los minutos pasaban a velocidad de vértigo. Cada metro parecía una legua. Se preguntó, desesperado, si Carvahall aún existía o si los forasteros también lo habrían incendiado. Al cabo de un rato, a través del embotamiento que le producía el dolor, oyó gritar y levantó la cabeza.
Brom corría hacia él con los ojos que se le salían de las órbitas, el cabello alborotado y con un lado de la cabeza, cubierto de sangre seca. Agitó los brazos, enloquecido, antes de soltar sus cosas y de coger a Eragon por los hombros. Decía algo a gritos, pero Eragon parpadeaba sin comprender. De repente, el chico vio que el suelo se acercaba muy deprisa, sintió gusto a sangre en la boca y se desmayó.

Capitulo 9

por Gabriel
lunes, 09 de febrero del 2009 a las 22:17
guardado en

Un golpe del destino
Mientras se apresuraba para regresar a casa, la mente de Eragon bullía. Corrió lo más rápido que pudo y ni siquiera se paró a descansar a pesar de que se estaba quedando sin aliento. Avanzó a zancadas por el helado camino mientras abría la mente en busca de Saphira, pero estaba demasiado lejos para poder ponerse en contacto con ella. Pensó también en lo que le diría a Garrow porque ya no había alternativa: tenía que revelar la presencia de la dragona.
Llegó a casa jadeante y con el corazón latiéndole con fuerza. En ese momento Garrow estaba junto al establo con los caballos, pero Eragon no sabía qué hacer. «¿Debo hablar ahora con él? Sin embargo, no me creerá a menos que Saphira esté aquí... Así pues, será mejor que primero la encuentre.»
De modo que salió de la granja y se internó en el bosque.
¡Saphira! -gritó mentalmente.
Ya voy -fue la débil respuesta.
Eragon percibió por el tono que estaba asustada. La esperó, impaciente, pero muy pronto oyó el batir de las alas en el aire. La dragona se posó en el suelo en medio de una nube de humo.
¿Qué ha pasado? -le preguntó.
Eragon le acarició los hombros y cerró los ojos. El muchacho intentó calmarse y le contó deprisa lo que había sucedido. Cuando le mencionó a los forasteros, Saphira retrocedió, se encabritó, rugió ensordecedoramente y agitó la cola por encima de la cabeza de Eragon. El muchacho se tambaleó hacia atrás, sorprendido, y se agachó mientras la cola de la dragona golpeaba un cúmulo de nieve. Enormes oleadas de violencia y de miedo emanaban de ella.
¡Fuego! ¡Enemigos! ¡Muerte! ¡Asesinos!
¿Qué pasa? -le preguntó Eragon poniendo toda la fuerza de la que fue capaz en las palabras.
Pero una barrera de hierro rodeaba la mente de Saphira y le bloqueaba los pensamientos. La dragona lanzó otro terrible rugido y abrió un surco en la tierra helada con sus garras.
¡Detente! ¡Que te oirá Garrow!
¡Juramentos traicionados, seres asesinados, huevos destrozados! ¡Sangre por todas partes! ¡Asesinos!
Eragon, desesperado, cerró la mente a las emociones de Saphira y observó cómo movía la cola. En el momento en que un coletazo le pasó rozando, el muchacho corrió junto a ella, se cogió de una púa del lomo y trepó al hueco que tenía en la base del cuello, donde se agarró con fuerza mientras la dragona volvía a encabritarse.
-¡Basta, Saphira! -rugió Eragon, y el aluvión de pensamientos del animal cesó de repente. Eragon le pasó la mano por las escamas-. Todo irá bien.
Saphira se agachó, desplegó las alas y alzó el vuelo. Planearon durante un instante, descendieron un poco y de golpe se lanzaron hacia el cielo.
Eragon gritó al ver que la tierra quedaba atrás mientras pasaban por encima de los árboles, y se sintió vapuleado por las turbulencias que lo dejaron sin respiración. Saphira hizo caso omiso de su terror y se ladeó en dirección a las Vertebradas. Eragon, con el estómago revuelto, vislumbró debajo la granja y el río Anora. Se agarró firmemente con los brazos al cuello de Saphira y se concentró en contemplar las escamas que le quedaban a la altura de los ojos para no vomitar mientras ella seguía ascendiendo. Cuando Saphira adoptó una posición horizontal, Eragon reunió el coraje suficiente para mirar a su alrededor, aunque el aire estaba tan frío que se le helaron las pestañas. Llegaron a las montañas más rápido de lo que se había imaginado. Desde el aire, las cumbres parecían gigantescos dientes afilados como cuchillas, dispuestos a destrozarlos. Saphira se bamboleó inesperadamente, y Eragon se inclinó hacia un lado. Él se limpió los labios, que sabían a bilis, y ocultó la cabeza en el cuello de la dragona.
Tenemos que regresar -le rogó Eragon-. Los forasteros van camino de la granja. Tenemos que avisar a Garrow. ¡Vuelve!
No hubo respuesta. Eragon trató de llegar a la mente de Saphira, pero estaba cerrada por una brutal barrera de miedo y de ira. Decidido a obligarla a que se diera la vuelta, penetró a la fuerza en la armadura mental de la dragona. Empujó las partes más débiles, debilitó las más fuertes y luchó para que lo escuchara, pero no consiguió nada.
Muy pronto estuvieron rodeados de montañas, que formaban impresionantes muros blancos interrumpidos por precipicios de granito. Entre las cumbres había glaciares azules como ríos congelados. Extensos valles y riachuelos se extendían a los pies de Eragon y de Saphira, y el muchacho oyó el asombrado graznido de los pájaros que volaban muy por debajo de la dragona, y divisó una manada de cabras montesas que saltaban de cornisa en cornisa sobre un risco.
Las ráfagas de viento provocadas por el aleteo de Saphira golpeaban a Eragon y, cada vez que ella movía el cuello, lo lanzaban de un lado a otro. La dragona parecía incansable y Eragon temió que volara durante toda la noche. Por fin, al oscurecer, giró y empezó a descender en picado.
Eragon miró hacia delante y vio que se dirigían hacia un pequeño claro en un valle. Saphira descendía en círculos sobrevolando la copa de los árboles. Frenó al acercarse a tierra, aleteó y aterrizó sobre las patas traseras contrayendo los potentes músculos para amortiguar la potencia del impacto. Luego posó las patas delanteras y dio algunos brincos para mantener el equilibrio. Eragon bajó sin esperar a que plegara las alas.
En el momento que pisó tierra, se le doblaron las rodillas y cayó sobre la nieve. El muchacho dio un grito a causa del agudísimo dolor punzante que sentía entre las piernas, y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras que los músculos, acalambrados por la prolongada tensión, le temblaban con violencia. Giró hasta quedarse de espaldas, y aunque estaba tiritando, trató de estirar los miembros en la medida de lo posible e hizo un esfuerzo para mirarse las piernas: tenía una gran mancha oscura en cada pernera de los pantalones a la altura de la parte interior de los muslos. Tocó la tela y notó que estaba húmeda. Asustado, se quitó la prenda e hizo una mueca de dolor: las escamas de Saphira le habían arrancado la piel y le habían dejado heridas en carne viva que palpó con cautela y con cara de dolor. Como sentía muchísimo frío, volvió a ponerse los pantalones, pero soltó un grito cuando le rozaron la parte lastimada. Y al intentar ponerse de pie, las piernas no lo sostuvieron.
La noche caía, oscureciendo todo lo que había alrededor de Eragon; por otra parte, las montañas en sombra le resultaban desconocidas.
«Estoy en las Vertebradas, aunque no sé dónde, en pleno invierno con una dragona enloquecida; no puedo caminar ni buscar refugio aunque se acerca la noche. Tengo que volver a la granja mañana, y el único modo de hacerlo es volando, pero no lo resistiría. -Respiró hondo-. ¡Ay, ojalá Saphira supiera exhalar fuego!»
Se volvió y la vio a su lado, acurrucada en el suelo. Le pasó una mano por el costado y notó que temblaba, pero la barrera de la mente de la dragona había desaparecido y, ya sin ella, el miedo de Saphira le llegaba a Eragon como una llamarada. Trató de quitárselo calmándola poco a poco con suaves imágenes.
¿Por qué te han asustado los forasteros?
Asesinos -siseó.
¡Garrow está en peligro, y tú me has secuestrado con este ridículo viaje! ¿Acaso no puedes protegerme? -Saphira gruñó y chasqueó las mandíbulas-. Ah, entonces si crees que puedes, ¿por qué te has escapado ?
La muerte es un veneno.
Eragon se apoyó en el codo y contuvo su frustración.
Saphira, mira dónde estamos. Es de noche y durante el vuelo me has dejado las piernas como quien le quita las escamas a un pescado. ¿Era eso lo que querías?
No.
Entonces ¿por qué lo has hecho?-le preguntó.
A través de su vínculo con Saphira, Eragon percibió el arrepentimiento de la dragona por haberle provocado dolor, pero no por lo que ella había hecho. Saphira apartó la mirada y se negó a responder. La gélida temperatura estaba insensibilizando las piernas de Eragon, y aunque eso le calmaba el dolor, sabía que no era conveniente, así que cambió de táctica.
Me voy a congelar a menos que me hagas un refugio o un hueco donde pueda conservar el calor. Serviría incluso un montón de pinaza o ramas.
Parecía aliviada de que hubiera dejado de interrogarla.
No hace falta. Me acurrucaré contra ti y te taparé con las alas... El fuego que tengo dentro te mantendrá caliente.
Eragon volvió a apoyar pesadamente la cabeza en el suelo.
De acuerdo, pero quita la nieve de debajo para que esté más cómodo.
Saphira, en respuesta, rompió un cúmulo con la cola y despejó el terreno de un fuerte golpe. Enseguida volvió a barrer el lugar hasta eliminar todo rastro de nieve, pero Eragon miró con repugnancia la tierra sucia que había quedado a la vista.
No puedo andar por ahí encima. Me tendrás que ayudar.
La cabeza de Saphira, más grande que el torso del muchacho, se balanceó por encima de él y la apoyó a su lado. Eragon miró directamente a los grandes ojos de color zafiro de Saphira y se cogió a una de las marfileñas púas de la dragona. Ella levantó la cabeza y, poco a poco, arrastró a Eragon hasta el terreno despejado.
Despacio, despacio.
Vio las estrellas mientras pasaba por encima de una piedra, pero se las arregló para no soltarse. Cuando lo hizo, Saphira se tumbó a su lado dejando a la vista su cálida barriga. Eragon se hizo un ovillo contra las lisas escamas, y la dragona lo tapó con el ala derecha y lo dejó en completa oscuridad, como si estuviera dentro de una tienda viviente. Casi de inmediato el aire empezó a perder su gelidez.
Eragon sacó los brazos de las mangas del abrigo, se arrebujó en él y se cubrió el cuello con las mangas a modo de bufanda. Por primera vez sintió que el hambre le atenazaba el estómago, pero eso no lo distrajo de su preocupación fundamental: ¿podría regresar a la granja antes que los forasteros? ¿Qué pasaría si no?
«Aunque consiga montar otra vez a Saphira, no llegaremos hasta bien entrada la tarde, y los forasteros podrían haberse presentado allí mucho antes. -Cerró los ojos y sintió que una única lágrima le caía por la mejilla-. ¿Qué he hecho?»

Capitulo 8

por Gabriel
lunes, 09 de febrero del 2009 a las 22:16
guardado en

Forasteros en Carvahall
El desayuno estaba frío, pero no así el té. La capa de hielo del interior de las ventanas se había derretido con el fuego que se había encendido por la mañana, pero había empapado la madera del suelo y había formado en ella unas manchas como oscuros charcos. Eragon vio a Garrow y a Roran junto a la cocina económica y pensó con tristeza que era la última vez que los vería juntos durante unos meses.
Roran se sentó en una silla y se ató las botas. El repleto petate se hallaba en el suelo, a su lado. Garrow, ojeroso, estaba de pie con las manos metidas en los bolsillos y con la camisa fuera del pantalón. Aunque los muchachos trataron de convencerlo, se negó a acompañarlos. Cuando le preguntaron por qué, sólo dijo que así era mejor.
-¿Lo tienes todo? -le preguntó a Roran.
-Sí.
Garrow asintió y sacó una bolsa pequeña del bolsillo. Las monedas tintinearon mientras se las daba a Roran.
-He ahorrado esto para ti. No es mucho, pero será suficiente si quieres comprar alguna cosilla.
-Gracias, pero no pienso gastar dinero en chucherías -dijo Roran.
-Haz lo que quieras; es tuyo -replicó Garrow-. No tengo nada más que la bendición de un padre para darte. Tómala si quieres, aunque no vale mucho.
-Será un honor para mí -respondió Roran con voz entrecortada por la emoción.
-Pues vete en paz, hijo mío -dijo Garrow, y lo besó en la frente. Entonces se volvió y dijo en voz más alta-: No creas que me he olvidado de ti, Eragon. Las palabras que voy a pronunciar son para los dos, porque ahora que vais a salir al mundo ha llegado la hora de decirlas. Tomadlas en consideración y os serán útiles. -Los miró con severidad-. En primer lugar, no dejéis que nadie gobierne vuestra mente ni vuestro cuerpo y emplead especial atención para no poner límites a vuestras ideas, porque se puede ser un hombre libre a pesar de sufrir ataduras más fuertes que las de un esclavo. Escuchad a los hombres, pero no os entreguéis a ellos en cuerpo y alma. Sed respetuosos con los que ostentan el poder, pero no los sigáis ciegamente. Juzgad con lógica y con razón, pero no hagáis comentarios.
»No consideréis a nadie superior a vosotros, al margen del rango o de la posición que ocupen en la vida. Tratad a todos con justicia, porque si no intentaran vengarse de vosotros. Cuidad vuestro dinero. Aferraos con fuerza a vuestras creencias, y los demás os escucharán -y añadió más despacio-: en cuanto a las cuestiones de amor... mi único consejo es que seáis sinceros, pues la sinceridad es el arma más poderosa para abrir el corazón o ganar el perdón. Es todo lo que tengo que decir. -Garrow parecía un poco cohibido por el discurso. A continuación le tendió a Roran su petate-. Ahora debes irte. Está a punto de amanecer, y Dempton te estará esperando.
Roran se echó el petate al hombro y abrazó a su padre.
-Volveré lo antes posible -dijo.
-¡Bien! Pero ahora vete y no te preocupes por nosotros.
Se separaron con pesar. Eragon y Roran salieron, luego se giraron y saludaron con la mano. Garrow levantó una mano huesuda y, con mirada seria, observó cómo emprendían la marcha hacia el camino. Al cabo de un buen rato cerró la puerta, y Roran, al oír el ruido que había transportado el aire matutino, se detuvo.
Eragon se volvió y miró las tierras. Su mirada se detuvo en las solitarias construcciones, que parecían lastimosamente pequeñas y frágiles. La fina voluta de humo que se elevaba desde la casa era la única señal de que la granja, rodeada de nieve, estaba habitada.
-Ahí está todo nuestro mundo -comentó Roran con tristeza.
Eragon, impaciente, se estremeció.
-Un mundo bueno -protestó.
Roran asintió, irguió los hombros y echó a andar hacia su nuevo futuro. La casa desapareció de la vista mientras descendían la colina.
Era temprano cuando llegaron a Carvahall, pero las puertas de la herrería ya estaban abiertas. Dentro hacía un calorcillo agradable. Baldor trabajaba con dos fuelles grandes sujetos a ambos lados de la fragua, llena de brasas de carbón. Delante de la fragua, había un yunque negro y un tonel revestido de hierro con salmuera. De una hilera de largos palos que sobresalían de la pared, colgaban un montón de herramientas: tenazas gigantes, alicates, martillos de diversas formas y pesos, cinceles, ángulos, sacabocados, limas, escofinas, tornos, barras de hierro y acero (que esperaban que les dieran forma), tornillos de banco, cizallas, picos y palas. Horst y Dempton estaban junto a una mesa larga.
Dempton se acercó con una sonrisa bajo su exuberante bigote pelirrojo.
-¡Roran, cuánto me alegro de que hayas venido! Con las nuevas ruedas de molino tendré más trabajo del que puedo hacer. ¿Estás listo para partir?
Roran levantó el petate.
-Sí. ¿Nos vamos?
-Tengo que ocuparme de un par de cosas, pero nos marcharemos dentro de una hora. -Eragon se movió al ver que Dempton se volvía hacia él mientras se tironeaba la punta del bigote-. Tú debes de ser Eragon. Me gustaría ofrecerte un trabajo a ti también, pero Roran ha aceptado el único que tenía. Quizá dentro de uno o dos años, ¿eh?
Eragon, incómodo, sonrió y le estrechó la mano. El hombre era simpático. En otras circunstancias le habría caído bien, pero en ese momento deseaba amargamente que el molinero no hubiera aparecido nunca por Carvahall.
-Bien, muy bien -exclamó Dempton, y dirigiéndose de nuevo a Roran, empezó a explicarle cómo funcionaba un molino.
-Bueno, ya está todo listo -interrumpió Horst señalando varios fardos que estaban sobre la mesa-. Podéis recogerlos cuando queráis.
Los dos hombres se estrecharon las manos. Entonces Horst salió de la forja y llamó a Eragon con un gesto.
El muchacho, interesado, lo siguió y se encontró al herrero en la calle con los brazos cruzados. Eragon señaló con el dedo pulgar hacia atrás, que era donde se hallaba el molinero, y preguntó:
-¿Qué piensas de él?
-Es un buen hombre -respondió Horst con voz sonora-, se llevará bien con Roran. -Se sacudió los restos de metal del delantal con aire distraído y apoyó una mano enorme sobre el hombro de Eragon-. Muchacho, ¿recuerdas la pelea que tuviste con Sloan?
-Si me estás pidiendo el dinero que te debo por la carne, te diré que no lo he olvidado.
-No, confío en ti, chico. Lo que quería saber es si todavía tienes esa gema azul.
A Eragon le palpitó con fuerza el corazón.
«¿Por qué quiere saberlo? ¡Quizá alguien ha visto a Saphira!»
-Sí -respondió esforzándose por contener el pánico-. Pero ¿por qué quieres saberlo?
-En cuanto vuelvas a casa, deshazte de ella. -Horst no hizo caso de la exclamación de Eragon y continuó-: Ayer llegaron dos hombres, unos tipos muy raros, vestidos de negro y con espadas. Se me erizó la piel sólo de verlos. Anoche empezaron a preguntar a la gente si habían visto una gema como la tuya, y hoy siguen en ello. -Eragon palideció-. Nadie con dos dedos de frente les ha dicho nada porque la gente sabe ver dónde hay problemas, pero podría nombrarte a algunos que hablarán.
El miedo se apoderó de Eragon. Quienquiera que hubiera dejado la piedra en las Vertebradas le había seguido la pista. O quizá el Imperio se había enterado de la existencia de Saphira. No sabía qué era peor.
«¡Piensa, piensa! El huevo ha desaparecido, así que es imposible que lo encuentren. Pero si sabían lo que era, será evidente lo que ha pasado y... ¡Saphira podría estar en peligro!»
Tuvo que recurrir a toda su capacidad de autodominio para adoptar un aire de indiferencia.
-Gracias por decírmelo. ¿Sabes dónde están?
Se sintió orgulloso de que casi no le temblara la voz.
-¡No te he avisado para que fueras a ver a esos hombres! ¡Lárgate de Carvahall! ¡Vete a casa!
-De acuerdo -dijo Eragon para calmar al herrero-, si crees que eso es lo mejor.
-Sí. -La expresión del rostro de Horst se suavizó-. Quizá esté exagerando, pero esos forasteros me dan mala espina. Lo mejor es que te quedes en casa hasta que se marchen. Trataré de mantenerlos alejados de tu granja, aunque quizá no lo consiga.
Eragon lo miró agradecido. ¡Ojalá pudiera hablarle de Saphira!
-Me voy -dijo, y regresó deprisa a donde estaba Roran. Le apretó el brazo a su primo y se despidió de él.
-¿No te quedas un rato con nosotros? -le preguntó Roran, sorprendido.
Eragon casi soltó una carcajada. Por alguna razón la pregunta le pareció graciosa.
-No tengo nada que hacer aquí, y no voy a quedarme hasta que te vayas.
-Bueno -dijo Roran, indeciso-, supongo que no volveremos a vernos hasta dentro de unos meses.
-Estoy seguro de que no parecerán tantos -replicó Eragon con prisas-. Cuídate y vuelve pronto.
Le dio un abrazo a Roran y se marchó.
Horst seguía en la calle. Consciente de que el herrero lo observaba, Eragon se dirigió hacia las afueras del pueblo. Al perder de vista la herrería, se agachó detrás de una casa y volvió a escondidas al pueblo.
Se mantuvo oculto en las sombras mientras buscaba en cada calle y prestaba atención al más mínimo ruido. Sus pensamientos volaron hasta su habitación, donde estaba el arco colgado; ¡ay, si lo tuviera en la mano! Merodeó por Carvahall evitando encontrarse con nadie, hasta que oyó una voz sibilante que salía de detrás de una casa. Aunque tenía buen oído, tuvo que esforzarse para escuchar lo que decía.
-Y eso, ¿cuándo fue?
Las palabras eran muy suaves, tan suaves como si se tratara de una superficie de cristal, y parecía que se deslizaban serpenteando por el aire, con un extraño siseo que le puso los pelos de punta.
-Hace unos tres meses -respondió alguien.
Eragon identificó la voz de Sloan.
«¡Por la sangre de un Sombra, se lo está contando...!»
Decidió que le daría un puñetazo a Sloan la próxima vez que lo viera.
En aquel momento habló una tercera persona. Tenía una voz profunda y cavernosa. Recordaba a algo podrido que se arrastraba, a moho y a otras cosas que era mejor no pensar.
-¿Estáis seguro? Nos molestaría mucho pensar que os habéis equivocado. Podría suceder algo de lo más... desagradable.
Eragon se imaginaba muy bien a qué se referían. Pero ¿acaso había alguien más, que no fuera el Imperio, que se atreviera a amenazar así a una persona? Lo más probable era que no, pero quienquiera que hubiera dejado el huevo debía de ser lo suficientemente poderoso para usar la fuerza con impunidad.
-Sí, estoy seguro. Tenía esa piedra, y no miento. Mucha gente lo sabe. Preguntad por ahí.
Sloan parecía asustado. Dijo algo más que Eragon no logró entender.
-La gente ha sido muy poco... colaboradora. -Había cierto tono burlón en la voz. Se produjo un silencio-. Vuestra información ha sido de gran utilidad; no nos olvidaremos de vos.
Eragon les creía.
Sloan murmuró algo, y Eragon oyó que alguien se alejaba. Se asomó por la esquina para ver lo que sucedía. En la calle había dos hombres de elevada estatura que llevaban largas capas negras, cuyo borde se les levantaba por la presión que ejercían las vainas de las espadas. En la camisa lucían intrincadas insignias bordadas con hilos de plata; las capuchas ocultaban sus rostros y usaban guantes. Tenían una extraña joroba, como si hubieran metido algún tipo de relleno bajo la ropa.
Eragon se desplazó ligeramente para ver mejor: uno de los forasteros se puso tenso y lanzó un peculiar gruñido a su compañero. Los individuos giraron sobre los talones y se pusieron en cuclillas. Eragon contuvo el aliento mientras un miedo mortal se apoderaba de él. Miró con atención las caras ocultas de los hombres, y entonces un poder sofocante le invadió la mente y lo paralizó. Luchó contra esa fuerza y se gritó a sí mismo: «¡Muévete!», al tiempo que balanceaba las piernas, pero todo fue en vano. Los hombres se dirigían amenazadores hacia él con un andar rítmico y silencioso, y Eragon fue consciente de que en ese momento podían verle la cara, puesto que estaban casi en la esquina, con la mano en la empuñadura de las espadas...
-¡Eragon!
Se sobresaltó al oír su nombre. Por su parte, los forasteros se quedaron inmóviles y sisearon. De inmediato, apareció Brom por una calle lateral caminando deprisa hacia él, sin sombrero, bastón en mano, pero los forasteros quedaban fuera del alcance de la vista del anciano. Eragon trató de advertirle, pero tenía la lengua y los brazos paralizados.
-¡Eragon! -repitió Brom.
Los forasteros le echaron al muchacho una última mirada y desaparecieron entre las casas.
Eragon se desplomó temblando. El sudor le cubría la frente y le humedecía las palmas. El anciano le tendió la mano y lo ayudó a levantarse evidenciando que tenía fuerza en el brazo.
-Pareces enfermo; ¿te encuentras bien?
Eragon tragó saliva y asintió, mudo. Entre parpadeos, miró a su alrededor en busca de algo fuera de lo normal.
-Me he mareado de repente... Ya... ya se me ha pasado. Ha sido muy extraño... no sé qué ha sucedido.
-Te pondrás bien -dijo Brom-, pero sería mejor que te fueras a casa.
«Sí, debo irme a casa. Tengo que llegar antes que ellos.»
-Creo que tienes razón. A lo mejor me estoy poniendo enfermo.
-Entonces, donde mejor estarás es en casa. Es una buena caminata, pero estoy seguro de que te sentirás mejor cuando llegues. Déjame acompañarte hasta el camino.
Eragon no protestó mientras Brom lo cogía del brazo y lo alejaba de aquel lugar a paso rápido. El anciano aplastaba la nieve con su bastón al pasar por delante de las casas.
-¿Para qué me buscabas?
-Simple curiosidad -respondió Brom-. Me dijeron que estabas en el pueblo, y quería saber si habías recordado el nombre de ese mercader.
«¿Mercader? ¿De qué está hablando?»
Eragon miró al cuentacuentos sin comprender, pero su perplejidad no escapó a los sagaces ojos de Brom.
-No -dijo, y añadió-: Me temo que no consigo recordarlo.
Brom suspiró, como si se hubiera confirmado alguna sospecha, y se frotó sus ojos de águila.
-Bueno... si te acuerdas ven a decírmelo. Me interesa mucho ese mercader que pretende saber tanto sobre dragones.
Eragon asintió con aire distraído. Se dirigieron en silencio hacia el camino.
-Date prisa en volver a casa -dijo Brom al fin-, porque no me parece buena idea que te entretengas por el camino.
Y le tendió una deformada mano.
Eragon se la estrechó, pero en el momento de soltársela, Brom le apretó el mitón, se lo quitó sin querer y cayó al suelo. El anciano lo recogió.
-Qué torpe soy -se disculpó mientras le devolvía el guante.
En el momento en que el muchacho lo cogió, los fuertes dedos de Brom le cogieron la muñeca y se la giró. La palma de Eragon quedó un instante hacia arriba revelando la marca plateada. Los ojos de Brom relucieron con un destello, pero dejó que Eragon retirara la mano y volviera a ponerse el mitón.
-Adiós.
Eragon, perturbado, echó a andar deprisa por el camino mientras, detrás de él, oía a Brom que silbaba una alegre melodía.

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Capitulo 15 (arlequini)
Vaya... Uno de mis libros preferidos y de mi hija María... Te felicito...(17 abr)
Capitulo 7 (mamu)
muy buena nota y muy buen libro parece .ojala que tenga muchos capitulo y sigua escribiendo con ......(09 feb)

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